Agustina Suárez: toda una vida de trabajo y sacrificio

A las 8 de la noche, puntual, sale de su casa. Afuera la espera su carrito, ya armado. Se persigna ante la imagen de la Virgen del Valle y emprende camino hacia la plazoleta del barrio Los Sauces.
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Agustina Suarez

A las 8 de la noche, puntual, sale de su casa. Afuera la espera su carrito, ya armado. Se persigna ante la imagen de la Virgen del Valle y emprende camino hacia la plazoleta del barrio Los Sauces.

—¡Adiós, doña Tina!

—¡Chau, Tina! ¡Agustina!

Los vecinos la saludan. Todos la conocen, todos la ven pasar. Alguno que otro piensa en el frío que hará esta noche. Y ahí estará “la Tina”, a pesar del clima, esperando que llegue algún cliente a buscar un sándwich o una hamburguesa.

Agustina Suárez, “Tina” para nosotros, es oriunda de la zona serrana del Alto Valle, un caserío de la localidad de Agua Amarilla, en Santa María. Llegó a la ciudad cuando tenía apenas 20 años y, desde entonces, su vida ha estado marcada por el trabajo, el esfuerzo y una enorme perseverancia.

“Tenía 20 años cuando yo me vine. Es que éramos muchos hermanos y no nos alcanzaba la comida. Yo no conocía nada acá. Mi papá me decía: ‘¿Adónde te vas a ir? ¡A morirte de hambre!’. Y yo le he dicho: ‘¡Voy a aprender!’.

Me acuerdo de que me vine caminando hasta Agua Amarilla. Fueron cinco horas caminando desde el Alto Valle. Esa noche dormí en la escuela de ahí y, al otro día, me vine con la profesora Elena Gigantino.

Ella me ocupó en su casa. Estuve ahí varios meses y después me fui a la casa de su mamá —ella había trabajado en mi casa cuando yo era niña—.

Ahí ella (mi mamá) me ha enseñado. Ahí aprendí de todo un poco”, recuerda Tina, mientras se ríe al volver sobre aquellos momentos.

14 años en la plazoleta de Los Sauces

Hoy tiene su casa a unas pocas cuadras de allí, pero para llegar a eso debió atravesar años de esfuerzo y sacrificio.

Antes trabajaba en el barrio Santa Rosa, en las canchas de fútbol y en distintas calles de la ciudad. Desde hace 14 años su lugar es Los Sauces y, sin importar el frío del invierno, la lluvia del verano, el viento o cómo esté el día, ella se mantiene firme.

“Ahora vendo poco, está feo. La noche más floja no vendo nada. Anoche no vendí ni uno. Hay noches que vendo dos, tres o cinco. Ahora, la noche que más se vende, un sábado por ejemplo, llego a vender ocho”, nos cuenta.

Está triste por el presente, pero entera. Porque no siempre fue así. Hubo un tiempo en que llegó a vender hasta 60 sándwiches por noche. Fueron aquellos años de mayor movimiento los que le permitieron comenzar a levantar su propia casa.

Empezó construyendo dos piezas pequeñas. La necesidad de tener un lugar propio era grande: recuerda que en la casa que alquilaba “llovía más adentro que afuera”.

“Yo siempre le pedía a Diosito que me ayude a vender, que nunca me falte para el alquiler, para darles de comer a mis hijos.

Cuando recién comencé a pagar mi terreno, le pedí a mi Virgencita que me ayude. Le dije que, aunque fuera un sucucho mi casa, le iba a dar un lugar. Y así fue”. Con sacrificio y coraje, Agustina logró criar a sus hijos y construir su hogar.

En medio de tantos recuerdos aparecen también los nombres de dos mujeres que ocuparon un lugar especial en su vida: sus amigas Sarita y Alcira. “Ellas han estado para mí en las buenas y en las malas. Hasta la fecha siempre estuvieron para mí. Hace 45 años ya de esa amistad sincera”, cuenta.

Toda una vida de sacrificio

Agustina recuerda que no siempre vendió sándwiches.

“Vendía empanadas primero, hacíamos fuego porque no teníamos ni garrafa. Yo dejaba cargando mi carro en la 9 de Julio con mandarinas y naranjas. Vendía por la Mitre. Después, en Santa Rosa, vendía juguitos, mandarinas, golosinas. Hacía caramelitos de grasa de burro.

A veces, cuando no tenía qué darles de comer a mis hijos, juntaba yuyos, los lavaba y los llevaba a la yuyería, y ya tenía para el pan. Donde alquilaba puse una huerta con verduras y, cuando estaban listas, salía a vender. Ya tenía para el pan y para el puchero”.

Así fue construyendo su vida: de a poco, sin atajos. Cada venta significó mucho más que unas monedas: fue el alquiler, la comida de sus hijos, un ladrillo más para su casa, la posibilidad de seguir adelante.

Hoy las noches son distintas. Las ventas ya no son aquellas de otros tiempos. Algunas veces son cinco, dos o ninguna. Pero a las ocho de la noche, Tina vuelve a hacer lo mismo, prepara su carrito, se persigna frente a la Virgen del Valle y sale de su casa rumbo a la plazoleta.

Quizás sin saberlo, detrás de ese carrito lleva mucho más que hamburguesas y sándwiches. Lleva la historia de una mujer que un día bajó caminando durante cinco horas desde el Alto Valle, con apenas 20 años y nada en las manos, para buscar una vida diferente.

Han pasado muchos años desde aquella joven que se animó a dejar su lugar a pesar de las advertencias de su padre. Y tal vez aquella respuesta sencilla que dio entonces explique toda su vida: “Voy a aprender”… y vaya que lo hizo!

Y todavía hoy, cuando cae la noche en Los Sauces y el frío empieza a sentirse, Tina vuelve a empujar su carrito y a salir al encuentro de la vida, como lo hizo siempre.

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