
Miguel, el panadero que recorre las calles con su carrito a pedal
Valle Calchaquí D




Hay sonidos que, de tanto repetirse se transforman en cotidianos. En las calles de Santa María, desde hace seis años, hay uno que muchos ya reconocen antes incluso de verlo aparecer: ¡Panaderoooo!
Es Miguel Ángel Nieva, “Migueluchi”, tiene 47 años, vive en Santa Rosa y todos los días recorre las calles con su carrito cargado de pan, y porqué no, también de esperanzas.
Un trabajo nacido de la necesidad y el ingenio
“Ya voy por los 6 años”, dice, recordando que empezó allá por el 2020, en plena pandemia cuando había quedado sin trabajo y, como ocurrió con tantas familias, tuvo que pensar rápidamente cómo seguir adelante. “Comencé con un amigo que también había emprendido en su panadería propia, el me habló para salir a vender el pan y como no dejaban salir a la gente, cayó bien. Llegaba con el pan a domicilio. Empece con un carrito chiquito, con poquito y cada día se iba sumando mas clientela” recuerda.
“Empezamos en la parte céntrica, desde la Panadería Dulce Pan y hago el recorrido de sur a norte. Entro por las orillas, cerca del anfiteatro, av Saadi, san Cayetano, llegando a Santa Rosa a las 15 ya con el horario del almuerzo”.
Lo que nació como una respuesta frente a una situación difícil terminó convirtiéndose en su trabajo cotidiano. Sin embargo, su relación con la panadería había comenzado mucho antes.
Desde chico entre panes
Miguel aprendió el oficio siendo muy chico. Un amigo comenzó a llevarlo a la panadería de don Víctor Dávalos y allí conoció un mundo que, de una manera u otra, nunca abandonó. Mientras trabajaba, también estudiaba.
“Aprendí desde abajo, limpiando latas, acomodando, armando” dice mientras recuerda con especial cariño a quienes considera sus maestros en el oficio, Mis maestros Ocampo, Luis Cruz, Salomón Sanchez, ellos me enseñaron el rubro de la panadería. Estudiaba y trabajaba. Después ya logre quedar como empleado de la panadería con un sueldito y ya me quedé ahí”, recuerda.
Su compañero de todos los días
Y si hay algo inseparable de esta historia es su carrito. Antes perteneció a Juan Carlos Yapura, “Mapuche”, quien falleció. Miguel lo recuperó, lo puso en condiciones y desde entonces lo cuida como lo que verdaderamente es: una herramienta fundamental para su trabajo.
“Hay que mantenerlo, tenerlo bien. Es mi compañero de todos los días”, dice.
En su carrito lleva bolsas para entregar el pan, un inflador por si aparece algún inconveniente, herramientas y todo aquello que pueda hacer falta durante varias horas en la calle.
También lleva un pequeño parlante. Mientras pedalea escucha música. Folclore, cumbia o lo que toque ese día. “Me gusta de todo un poco”, cuenta.
Soy un agradecido de la gente
El trabajo en la calle no conoce demasiadas excusas. ‘Hay que salir todos los días. Llueva, haga frío o calor. En invierno toca abrigarse y “pelearle al frío. En verano, buscar un poco de resguardo y mantenerse hidratado. Pero el recorrido continúa”, dice Miguel mientras agrega que lo que cambió es el consumo. “Antes la gente consumía más, se daba algún gustito. Ahora compra lo justo y necesario. Y cuando llega fin de mes cuesta mucho”, explica.
Por eso también conserva algún fiado para sus clientes habituales. No son muchos, aclara, pero es una forma de acompañar a quienes conoce desde hace años y que también atraviesan momentos difíciles.
Cuando Migueluchi habla de sus clientes, cambia el tono. Porque detrás de cada venta hay vínculos construidos durante años.
Hay personas que conocen su horario, que lo esperan en la puerta de su casa y que saben que en algún momento del día escucharán aquel grito acercándose.
“Soy un agradecido de la gente. El cliente es el pilar para mí. Es la gente de todos los días, la que me compra el pancito, la que me espera en su casa, la que me conoce y también la que se va sumando”, expresa.
Para él, no se trata solamente de vender. “A mí me enorgullece porque de eso se trata, de servir a la gente. Es mi trabajo y es lo que alimenta a mi familia”.
Su jornada suele terminar alrededor de las tres de la tarde. No habla de grandes ganancias ni pretende disfrazar la realidad del trabajo. “Hoy no se gana una fortuna, pero es un trabajito que me mantiene, me ayuda a pagar mis cuentas y me permite tener para comer. Son las cosas fundamentales de la vida”.
Y quizás ahí esté lo especial de estas historias. En descubrir que detrás de aquellas personas que vemos todos los días existe un camino que muchas veces desconocemos.
Migueluchi encontró el suyo sobre su bici carrito, entre panes, tortillas y facturas.
Mañana, como todos los días, en algún rincón de Santa María volverá a escucharse:¡Panaderoooo! Y alguien, desde adentro de una casa, sabrá exactamente que Miguel está llegando.


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