




Me compré un vino tinto. Leo la etiqueta; dice algo así como que voy a sentir el aroma de las montañas de Mendoza y me río. Sé que solo voy a sentir una leve alegría y ganas de dormir, que es lo que necesito. Llego a casa: mi pequeño departamento de rata, sin ventanas ni mucha luz.


Quiero cocinar algo rico. Abro la alacena; no hay mucho, pero un frasco al fondo llama mi atención. Tiene aún la etiqueta escrita a mano: "pimentón de tu papá", dice con letras borrosas.
Cierro la alacena y lloro: extraño tanto al viejo. Los recuerdos de mi niñez me embriagan antes que el vino, pero agarro la copa para ahogarlos. Me acuerdo de cuando, antes de sembrar el pimiento, aprovechando el agua de la acequia, con mi hermano nos colgábamos de las ramas de un sauce llorón para caer al agua, muertos de risa. Al rato, nos secábamos como espantapájaros al costado de la melga, justo después de escuchar el grito de mi padre. Era el momento de trabajar. Nuestra función era pasar los plantines y compartir con los peones la sangría que descansaba debajo de la sombra; el calor se hacía notar. El ejército de pies sobre el barro aseguraba una buena siembra y, si la cuidábamos bien, una buena cosecha.


Tomo fuerza, respiro, pongo música. Todo para vivir la melancolía de quien nunca se siente en su lugar.
Un guiso, eso voy a hacer. Es fácil y me recuerda a mi madre, que decía: "El guiso es el alimento de los pobres, los apurados y los tristes". Pongo la cebolla, la carne, la verdura y miro de reojo el frasco. Es hora de poner pimentón, y no cualquier pimentón: el mejor, el de él. Me cuesta reconocer que por años los odié. A ambos.
Me fui por eso; prometí no volver. Mi padre trabajaba todo el día, todo el año: sembraba, desmalezaba y rezaba para que no granice; cosechaba y ponía a secar. Todos clasificábamos y embolsábamos. Y entonces venía uno en un camión, con anteojos negros, bajaba y decía:
—Mirá, Marcial, el precio del pimentón no está bien, a mí me está costando venderlo —papá bajaba la cabeza. Así que el tipo continuaba—: Te voy a ir pagando de a poco, te doy la mitad y el resto cuando venda.
Las zapatillas que necesitábamos para la escuela no se iban a comprar; tampoco los juguetes que queríamos. Teníamos que seguir trabajando para ayudar en la casa.
Termino de cocinar, pongo un mantel cuadrillé, la copa, corro la silla, me siento… Agarro el frasco, lo abro y huelo: soy yo. Es mi identidad y mi dignidad. Aunque haya hecho cosas para huir, como vivir en una ciudad alejada, y aun hoy, por más que quiera, no pueda volver.
Mi sangre es así: dulce y roja de pimentón.
Noelia Ayala




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