


La niña Jofranka Cristo iba de rodillas; llevaba el pelo suelto, el pañuelo casi en la espalda y las manos caídas a los costados, al igual que las lágrimas que resbalaban de sus ojos azules y transparentes sobre su cara pálida. Las flores del vestido ya tenían manchas oscuras, como de sangre.


La Virgen del Valle estaba a cien metros, pero parecía que se encontraba a un solo paso. Quería pedirle un milagro: no quería casarse y ya faltaba poco. Sus padres habían arreglado su matrimonio con su primo, el Cola, quien era más grande porque tenía 20 años; él sería su marido y dueño. Y aunque ahora muchas cosas habían cambiado, porque ya estaban en el año 1998, al padre de Jofranka no le importaba. Él era el dueño de su clan.
Jofranka no era como las otras niñas Cristo: a ella le gustaba leer y eso no se hacía debajo de la gran carpa. Allí se cocinaba y se atendía a los hombres que volvían de vender autos. Ella envidiaba la libertad con la que ellos podían hacer su vida sin tantos permisos. El olor del humo de la comida en el pelo y las manos quemadas no la hacían feliz.
Sin embargo, sí se divertía en la calle donde, a pesar de ser menuda, tenía poder. Le gustaba arreglarse con sus aros grandes, ajustar sus tetas blancas y redondas al vestido rojo, preparar un pañuelo que le había regalado su abuela —el cual servía para guardar los billetes— y salir con sus primas a leer la mano de la gente. Lo habían aprendido desde muy chiquitas. Ella conocía cada arruga y cada línea en "M" de las manos como si fuera un mapa. Sabía reconocer la línea de la vida, la del corazón y la de la cabeza, pero también había aprendido a descifrar rostros: cuando los ojos parpadeaban mucho en señal de miedo, intuía que tenía que decir algo sobre el futuro, el amor o la fortuna; cuando la miraban con desconfianza, comenzaba amenazando con una maldición para así controlar la situación.
—¡Mama, mamaaaaa! —sus pensamientos la llevaban en una especie de rezo silencioso. No quería que la escucharan, solo quería hablar con la Virgen—. Tú, que eres la madre de todos, hasta de nosotros los gitanos, no lo permitas. Prometo no mentirle a nadie más jamás; prometo no robar más con los engaños de mi lengua. Además, si ellos creyeran realmente en ti, confiarían más y se harían leer las manos menos.
Recordó en ese instante que, hacía unos días, se había quedado con la gallina más gorda de una viejita casi ciega que encontraron desprevenida en el campo. Le habían dicho que harían que pudiera ver mejor y, al menos, no quemarse cuando cocinara para ella y su marido. La vieja entregó su ave sin lamentos. Jofranka estaba muy arrepentida. Se la habían comido entre todos en una mesa gigante, acompañada con arroz sazonado con azafrán.
Como sabía leer gestos y había escuchado conversaciones ajenas, presentía que en manos de su primo y de su familia sus días serían tristes y solitarios. El Cola era un malviviente y un violento. Cuando en los encuentros familiares la miraba, lo hacía como un gato a un ratón, y ella sentía escalofríos. Además, estaría lejos de su prima Cali, a quien amaba más que a su madre; solo ella la entendía y era su confidente.
El día del casamiento llegó: serían tres días de fiesta. La familia de Cola Cristo, el novio, llegó desde Santiago del Estero; ya habían pagado su dote. Se veían las camionetas 4x4 estacionadas en fila por todo el predio abandonado del pequeño pueblo de Hualfin de Catamarca donde la familia de Jofranka estaba instalada hacía varios meses. Las pailas colgadas brillaban.
El campamento tenía luces de colores y los hombres bebían y bailaban en la carpa principal. En el espacio contiguo, la "ajuntaora" sacó la prueba: las mujeres casadas hicieron la ronda y exhibieron la rosa con sangre, confirmando que Jofranka era virgen. Hubo gritos y aplausos.
La fiesta dio inicio. Había mucha comida, baile y alcohol. Nadie vio cómo Jofranka lloraba, negada a su destino; tanto era su dolor que casi no podía bailar, como si los pies se le clavaran en el piso de tierra. Este había sido regado un poco antes, por lo que aún se sentía el frío del barro seco cuando chocaba con los tobillos de los bailarines.
El Cola salió apurado. Olvidó retirar el aguardiente que le había encargado a don Barros, el vecino que hacía el mejor licor del lugar. Ya llevaban dos días de festejo y el alcohol que tenían no alcanzaría; al final, era la única vez que se casaría. Nadie notó su ausencia.
El Cola giró en dirección al norte por un camino estrecho del pueblo, ya que don Barros vivía en un puesto alejado. Aceleró y no vio bien. De frente apareció una moto: era el hijo del bodeguero que salía a buscar mercadería. El novio se asustó y, como estaba un poco mareado, no pudo frenar. Cayó al precipicio. Hubo gritos. No había ambulancia, el hospital estaba lejos.
La fiesta siguió. Jofranka aún no lo sabía, pero tal vez todavía estaba a tiempo de estudiar. La Virgen del Valle es muy milagrosa…
Noelia Ayala















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