




En el mundo actual, donde la tecnología es nuestro dios y los celulares sus ángeles (porque se dice que los hay buenos y malos), los instantes quedan en el olvido. Revisando mi computadora sin querer, me encontré con momentos en los que había sido muy feliz y no los recordaba.


En mi casa de niña había pocas fotos, pero las que existían estaban guardadas en un lugar muy especial. Se encontraban en lo más alto de un ropero antiguo al cual solo se accedía subiendo a una silla y trepando algunos cajones. Al resguardo de nuestras curiosas manos, eran casi como un tesoro. Y por ser un botín de difícil acceso, eso acrecentaba nuestra curiosidad. En una se podía ver a papá y mamá en blanco y negro con un peinado extraño, flacos, distintos ha como los veíamos; en otras, personas que sonreían y no reconocíamos, pero eran familia.
En esa época, vivir en un pueblito alejado significaba no tener posibilidades de registrar recuerdos, así que eran escasos y muy valiosos. Quedó como anécdota familiar una imagen que me tomé con un hermano mayor en la iglesia. Él, de camisa leñadora roja, pantalón de corderoy marrón y con cara de pocos amigos. Yo, de vestido tejido rosa y zapatillas deportivas. No sé si algún diseñador vanguardista parisino alguna vez lo mostró y se usaba como el último grito de la moda; igual las tendencias no llegan a algunos lugares, es que te ponías lo que había. Los domingos de misa se usaba la ropa especial.
No acompañaban al momento mis piernas de pollo maltratado, de tanto subir árboles y caminar por la montaña, mis medias largas con puntillas y mi cara de "me están por fusilar". Ante la luz de la cámara gigante que había delante nuestro, me asusté y le agarré la mano. ¿Para qué? Mi hermano sagitariano de pocas pulgas se enojó mucho. Cómo le iba a agarrar la mano, qué vergüenza... y ese retrato quedó para siempre. Antes las imágenes no se borraban, ni se mejoraban, ni te hacían el efecto baby face, ni te ponían orejas de conejo. Ellas captaban el instante y era eterno.
Sacando la parte donde me avergüenzo, esa toma captó la inocencia de una niña que, por el miedo al sonido del aparato o a la luz que emitía (que parecía un rayo), le tomó la mano a su hermano por temor.
Yo con cara de que la muerte se aproxima y él indignado.
Cuando me veo de pelo largo, más joven, a mis sobrinas chiquititas, a mi padre que ya murió hace muchos años, todos juntos, unidos y sonrientes comiendo un asado... Las fotos eran eso: captaban un instante y lo dejaban plasmado. Sobre todo los momentos felices; hay pocos retratos en el álbum de una familia que muestren lágrimas, muerte, sufrimiento, violencia o abuso.
Hoy, lo bueno de que todos llevemos una cámara encima, sumada a nuestra comunicación permanente, se convierte en algo no tan positivo. Hay una infinidad por seleccionar, por conservar, y con los dispositivos actuales esto se volvió una complicación; sufrimos el mal de la memoria llena, que es como el mal de altura. O se padece el robo y extravío de equipos, que a veces implica perder parte de tu vida y tus recuerdos. Con el agravante de que nos quitamos las manchas, las arrugas, nos sacamos diez capturas con la misma pose, elegimos la mejor y somos un segundo felices y 59 intentamos serlo. Eso se va al estado de WhatsApp para durar 24 horas, o hasta que uno quiera, y luego desaparece como la emoción de haberte sacado esa postal digital.
El otro día hablábamos con una amiga acerca de lo bueno de que en nuestros veinte no hubiera celulares como los conocemos hoy. Hay pocos registros de lo que habíamos hecho, por lo que hoy podemos reírnos hasta que nos duele la panza de lo vivido, como un secreto compartido solo por el grupo de amigos de la universidad que experimentó ese momento y quedó en la memoria humana, que siente, extraña y ama. Ese día hubo fotos, poses y lágrimas, y elegimos la que no se nos veía tan mal, diecisiete años después de conocernos.
Una tía que ya murió le mandaba retratos a su novio por carta y, cuando se enojaba, les recortaba la cabeza y le mandaba la misma fotografía a otro con un pequeño recorte; no había copias.
Ed Sheeran en su canción “Photograph” dice en su traducción: “Guardamos este amor en una fotografía, hicimos estos recuerdos para nosotros mismos. Donde nuestros ojos nunca se cierran, nuestros corazones nunca se rompen y el tiempo está congelado para siempre. Así que puedes llevarme dentro del bolsillo de tus jeans rasgados, sostenerme cerca hasta que nuestros ojos se encuentren. Y jamás estarás sola. Espera que vuelva a casa”.
O la versión atemporal y eterna de Taylor Swift cuando escribió en su canción “Timeless”: “Te amaré hasta cuando nuestro cabello se vuelva gris, tendremos una caja con fotos de la vida que hemos construido y dirás 'Oh, Dios, realmente fuimos atemporales'”.
Volver atrás no podemos. Las cámaras tipo Polaroid deben estar guardadas en algún cajón, pero tal vez debamos imprimir más momentos. Quizás debamos rodearnos de tiempo e instantes y mostrar a los más pequeños, a los que nacieron en la inmediatez de muchos "clic", la foto de un cumpleaños familiar donde aún se pueden observar los bonetes que fueron hechos en casa, los primos y la torta solo de dulce de leche que muchas veces hacía alguna abuela. O guardar en algún lugar secreto, arriba de un mueble desgastado, al lado de la fila de osos con cara rara que vendían los 16 de agosto, para San Roque, los videos de seres que amamos siendo ellos mismos, y saber que ahí podemos volver cuando lo necesitemos.
Marilina Ross en el estribillo de su canción “Fotos mías” dice:
“Miro a esta persona parecida a mí. Treinta veces tratando de vivir. Me asusta la vejez, la foto del final. El gesto de morir que no podré mirar”.
Es bueno saber que en algún momento de desazón, de tropezón de vida, o cuando la nostalgia se apodera de nosotros, se puede volver a las fotos viejas; a ese instante de felicidad con personas que ya no están o se han transformado, pero que nos han regalado su presencia. Y eso es lo que importa.
Noelia Ayala
@escritoradelvalle











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