ABEJAS

Columna Literaria28 de agosto de 2026RedacciónRedacción

Es agosto. Mi madre siempre me dijo que es un mes que trae muchas tempestades, pero hay tempestades que no tienen mes. 

Estoy de nuevo esperando mi turno en el juzgado. Hay mucha gente, demasiada. Siento que no puedo respirar, que me falta el aire. Sale alguien y me mira como diciendo: «una boluda más». Es una secretaria. Estoy como perdida. Tengo vergüenza. 

Me dicen que tengo que esperar, pero si no contrato un abogado particular, mi causa va a prescribir. Para la justicia catamarqueña quedan seis días antes de que mi caso se archive; dicen que no tengo pruebas. El hecho de no conocer al abogado que el sistema judicial del Estado me designó, aunque haya pasado mucho tiempo, me hace dudar de si voy por el camino correcto. 

Contrato un abogado particular y ya tengo un testigo clave. La justicia del dinero. 

Muchas veces antes me quedé muda. No quise hablar. Mi hermana se dio cuenta: ella ya no quería compartir con él. Su familia también lo sabía. Su hermana me maquillaba muy bien algunos días. Todos nos habíamos enfermado. 

Estoy usando anteojos negros, los mismos que me puse la primera vez que tuve el ojo morado. En ese entonces sentía que todos me miraban, aunque en realidad nadie lo hacía. Me dijo que había sido sin querer y me pidió perdón. Lloró porque, según él, era la primera vez que yo lo hacía enojar. Fue mi culpa. Me sacudió contra la ventana. Y yo, ahí, no me fui. 

Lo extraño mucho. No extraño maquillarme para que no se note lo violáceo en mis ojos, pero mi cuerpo, con ese amor, me había convertido en un muro de los lamentos. Me daba duchas largas, muy largas, para poder llorar tranquila. Porque después tenía que salir sonriendo a abrazar a mi hijo. 

Cuando lo conocí, era tan distinto, tan bueno. Aún siento su perfume algunos días, ese olor tan particular de cuando me abrazaba y yo sentía que nada malo podía pasarme. Me decía que yo siempre sería de él, que nadie me iba a amar tanto. Me cuidaba mucho. Todo lo que yo hacía, él lo debía saber; si alguna cosa no estaba en su mapa de control, detonaba su enojo. Así que yo me cuidaba mucho de no hacerlo enojar. 

Pero ese día recibí un mensaje de su hijo para que lo busque de la escuela. El padre estaba trabajando y yo me llevaba muy bien con la mamá del nene. Lo traje a casa. Aprovechando nuestro encuentro, él me preguntó por qué aguantaba. Me contó que los recuerdos que tenía de niño eran de su padre golpeando a su madre. Que lo hacía con palos de escoba, que la sacudía con fuerza por la espalda, le tiraba agua caliente cuando discutían o la despertaba durante la madrugada para que lavara la ropa. 

Yo me senté y no respiré. No dimensioné el peligro que corría; pensé en mi propio hijo. 

Él llegó justo en ese momento. Su hijo se secaba las lágrimas. Me increpó porque lo había hecho llorar, me metió a la habitación y me golpeó contra la ventana. Su hijo, al escuchar los ruidos, entró asustado; ya había sido parte de las mismas escenas. Él, para disimular, me abrazó. Le dijo a su hijo que fueran a dar una vuelta para despejarse. Volvieron como a la hora. Yo ya tenía inflamado el ojo, y tampoco esta vez me fui. Cuando el hijo me vio, se puso a llorar; él lo retó y le dijo que no fuera maricón. Ya era tarde y nos ordenó que nos acostáramos. 

Su hijo seguía sollozando, así que intenté prender la luz para ir a abrazarlo, para decirle que no se preocupara, que todo estaba bien. Soy madre también. 

En esa oscuridad, y en esa habitación tan pequeña, los movimientos se parecían a los de una mosca en una tela de araña. Sentí cuando él se sentó en la cama. Después siguió un golpe seco en mi panza, un cabezazo en la cara y caí al suelo. Cuando logré pararme, lo que siguió fue un puntapié en los tobillos. Me agarré la cara, sentía el sabor de la sangre y le pedía que por favor ya me dejara. No sé si eso duró una hora o cinco minutos. Su hijo corrió a salvarme y le gritó: «¡Así le hacías a mamá!». Había mucha sangre entre las sábanas. No sé qué hubiera sido de mí sin ese pequeño escudo humano que, de forma valiente, se puso entre su padre y yo. Él lo empujó contra una cama. 

Se escucharon los gritos. Todos se despertaron y, como su familia vivía cerca, corrieron a resguardar al niño y a mí. No era la primera vez y ya tenían miedo. Esa noche nos dieron calmantes. Su hijo estaba muy dolorido y nervioso. Yo solo quería irme a casa, pero no me dejaron; dijeron que me iban a cuidar. Se dio vuelta el colchón y él se fue a dormir al auto. Durante tres días no pude salir a la calle. Él fue a comprar una inyección para desinflamar la zona y lograr que mi cara volviera a ser la misma. 

Hubo un llamado: era la madre de su hijo. Me preguntaba qué había pasado, decía que su hijo no quería hablar, pero que tenía una fractura en la mano y debían operarlo. El padre no quiso ir y yo tuve que sacar los lentes negros de nuevo para poder salir a la calle. Fui a verlo. Casi lloré cuando los vi a ambos, madre e hijo, pero no quería parecer una basura. Ella me vio y me dijo: «Andate, estás a tiempo, él te va a matar». 

Siempre pensé que algo así a mí no me podía pasar. Me sentía fuerte; es más, crié a un hijo yo sola. Me sentía enamorada y sentía que él me amaba. Cuando en la escuela de mi hijo me contaban de alguna mamá que estaba viviendo una situación de violencia —porque estamos en todos lados—, yo pensaba qué habría hecho esa mujer, cómo no pensaba en sus hijos y se iba. No es tan fácil. Pero hoy también me perdono, estoy yendo a terapia, asumo que este es mi dolor, hago lo mejor que puedo y me cuestiono menos. Estoy viva. 

A veces tengo miedo de lo que siento, porque algunos días lo extraño mucho. Teníamos un proyecto apícola; habíamos invertido dinero y tiempo, y era nuestro hijo en común. Hoy yo sigo sola. Algunas tardes observo a las abejas trabajar: son tan hermosas cuando están juntas. 

Debo decir que los recuerdos traicionan. Para todos sus amigos él era muy bueno. Cuando compartíamos con el resto, todo eran risas y buenos momentos. Pero bajo el resguardo de las paredes, era otro el que me miraba y me golpeaba. 

Tengo sueños repetitivos sobre lo judicial. Sueño que lo estoy viendo de frente y que cuando, voy a contar mi historia, él y la jueza se ríen de mí. Ahí me despierto y lloro. No sé si aún me siento rota. Me enteré de que él volvió a rehacer su vida y me dolió, pero hoy me siento en paz. Si me animé a denunciar, es para que a otra mujer no le pase. 

Tuve que ir acompañada por un amigo que me convenció de que lo hiciera. La primera vez, él no sé cómo se enteró y me envió un mensaje amenazando con arrastrarme de los pelos si lo denunciaba; ese día tuve miedo y me fui. Y aunque esta vez haya tenido que contarle a un perito judicial todo lo que viví, y me haya sentido expuesta, lo siento como mi deber de madre con ese hijo que no era mío, ese niño que una noche me defendió. 

Pasaron los meses. Recibí notificaciones y correos de él diciendo que quería hablar. Camino a casa, una vez apareció. Lloraba mucho y me decía que me amaba, que no me podía olvidar. Parecía arrepentido. Pero gracias a mi poder interno, que creció nuevamente, esta vez no le creí. Le dije que se fuera, que iba a denunciarlo de nuevo. Otra vez los ojos se le oscurecieron y me gritó que mi juicio contra él no iba a prosperar. 

Ahora, cuando me cuentan que una mujer, una madre como yo, está pasando por una situación violenta, pienso que contando mi historia puedo ayudarla. Y le digo que denuncie, le digo que no está sola, y le digo que seguro tiene una red de afecto que la sostendrá. Ya no juzgo. 

Pienso en las abejas, que son como nosotras: damos miel y somos capaces de morir si nos atacan, pero nos sostenemos en comunidad. Solas muchas veces morimos, pero juntas somos colmena.

Noelia Ayala

[email protected] 

 

Últimas noticias
Te puede interesar
Screenshot_20260724_095622_YouTube

El DESARRAIGO Y LA AMISTAD

Redacción
Columna Literaria24 de julio de 2026
Hay una letra de una canción que se llama “Hoy encontré un amigo”. El autor se llama Daniel Altamirano,  y sabía muy bien de que hablaba. Hablaba de amistad y desarraigo,  él era un mendocino parte del trio Los Altamirano. Eran los años 70 y esos temas sociales  estaban  muy latentes.
Screenshot_20260717_185645_Chrome

ME ENCANTA FRACASAR

Redacción
Columna Literaria17 de julio de 2026
«Me gustan los "no puedo", me gustan los hombres que no tienen esperanzas, los proyectos inalcanzables, los corazones rotos, los caminos difíciles». Me lo dijo una cuarentona de sonrisa amplia y portadora de una envidiable locura; lo hizo con una seguridad y despreocupación admirables.
Lo más visto
Acciones de prevención del suicidio 1

Acciones de prevención del suicidio

Redacción
Sociedad27 de agosto de 2026
El Ministerio de Salud de la provincia tiene como uno de los lineamientos de gestión, el abordaje de la prevención del suicidio y acciones de posvención, teniendo en cuenta que el suicidio es una de las problemáticas que más se detectan en la comunidad.
Vacunadoras y vacunadores fueron reconocidos en su día 1

50 vacunadoras y vacunadores fueron reconocidos en su día

Redacción
Sociedad27 de agosto de 2026
Con motivo del Día de las Vacunadoras y Vacunadores, el Ministerio de Salud de la provincia llevó a cabo una jornada destinada a reconocer el compromiso y la tarea que realizan diariamente quienes integran los equipos de inmunización de toda la provincia.