
ME ENCANTA FRACASAR
Noelia Ayala



Me quedé pensando: ¿cómo alguien con tanta liviandad puede sonreír ante el fracaso, si es a lo que todos le tememos? Al menos a cierta edad, se sufre más. Los años traen una especie de reconciliación con lo que queríamos y no pasó: que el amor dure para siempre, tener el mismo empleo hasta jubilarse, mantener la familia unida y cuántas imposiciones sociales más.


Una conocida, cansada del ritmo laboral y con otras prioridades ante la vida, decidió colgar su título universitario para iniciar su propio emprendimiento. Ante tamaña empresa recibió diversas opiniones: desde un apoyo cínico e incrédulo, hasta el clásico «no sé cómo se te ocurren esas ideas» de sus padres. Gente de más de 60 años, aquellos que siempre se jactan de haber hecho bien las cosas, aunque las nuevas generaciones dudemos de tales afirmaciones. Yo la admiré desde lo más profundo de mí ser.
Una amiga se sintió intimidada ante la pregunta de un ex, quien le consultó qué había hecho de su vida. Ella prefirió no responder y cortó la charla vía WhatsApp. Él, previamente, le había contado que se había convertido en padre. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que hicimos un montón? En el caso de las mujeres, la maternidad no es el único camino, menos ahora que existe mayor consciencia de que no es el sueño rosa al que todas aspiran. Ella estudió en la universidad, lejos de su hogar, tiene su propia casa, trabaja... ¡es un montón! Sin embargo, la pregunta la intimidó porque siempre pensamos desde la carencia, una falta social que va diseñando nuestras vidas. Una culpa moderna que nos lleva a vivir con ansiedad, como si hubiera una sola receta para el éxito.
¿Pero qué es fracasar? Según el diccionario, es el resultado adverso de un hecho que se esperaba que saliese bien. Si lo pensamos detenidamente, vivimos fracasando. Perdemos la pasión por los trabajos y por las personas, y esa chispa se convierte en una rutina que nos persigue y atormenta. Nos volvemos infieles con nosotros mismos y con los demás, vengativos o envidiosos de vidas ajenas; y en pueblos chicos como el nuestro, este malestar se nota más.
Hay un cuento de Isidoro Blaisten titulado Ahora que va a venir que comienza diciendo: «Todo el año soy un don de mierda…». La historia continúa porque llega la suegra y deben, de alguna manera, fingir. ¿Fingimos? Así es. Si no cumplimos con los mandatos impuestos nos convertimos en muertos vivos en busca de sangre: si alguien nos muestra su herida, queremos verla abierta, o nos ensañamos contra aquel que exhibe una despreocupada felicidad por fuera de las reglas sociales. La crueldad es un camino muy salvaje y humano del que ninguno está exento. Vivimos permanentemente observando vidas ajenas, existencias que no nos pertenecen y en las que tampoco seríamos felices.
Bien lo dice Haruki Murakami: «A veces, cuando observamos las cosas al cabo de un tiempo o desde una perspectiva diferente, algo que creíamos absurdamente esplendoroso y absoluto, algo por lo que renunciaríamos a todo por conseguirlo, se vuelve sorprendentemente desvaído. Y entonces te preguntas qué demonios veían tus ojos».
Yo también me he culpado y me he sentido insuficiente. Fui la madre que no pudo sostener a su familia, la madre triste, la que se da cuenta de que no lo hace todo bien, se equivoca y llora. Pero hoy prefiero ser la madre que le muestra a su hijo a una mujer feliz.
Escribir, tal como lo expresó Silvina Ocampo, siempre me ha salvado de morir; de morir un poco menos… Comenzar este desafío de escribir para esta columna sin ser escritora, sintiéndolo en las vísceras como un hijo no nacido que puja por salir. Cada uno debería automedicarse con aquello que le hace bien y no tiene riesgos para la salud: una caminata, la bicicleta, el arte, los libros, el baile, las montañas que nos rodean, la música, los buenos amigos... y no perder jamás la capacidad de aprender ni el encanto por fracasar.
Viene a mi mente la canción Me levanté, que popularizó el cuartetero Ulises Bueno pero que pertenece al colombiano Dave Bolaño. Es un verdadero himno de superación personal que refleja, en el caso del cantante argentino, su propia lucha contra las adicciones y sus noches más oscuras: «Y brindo por lo que creí me mataría y logré superar. Soy el de antes pero con más fuerzas. Pues si no te mata, te enseña a pelear. Caí tan fuerte, que mi propio llanto me hizo levantar…».
Atravesamos un contexto socioeconómico muy particular donde el fracaso es el cuento que más se cuenta. Se pierden empleos, se diluyen oportunidades, se mendiga dignidad, y eso no se puede romantizar.
Cierro esta columna con las palabras de Samuel Beckett: «Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor».
Noelia Ayala
@escritoradelvalle






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