La noche más larga de mi vida

Columna Literaria30 de octubre de 2026RedacciónRedacción

Eduardo Martínez de Pisón (uno de los grandes humanistas vivos), dice, …” que el montañismo sin narración o sin poesía estaría falto de una parte sustancial de su expresión” …

 

Era el primero de mayo del año 2012. Íbamos con 9 amigos a visitar las ruinas de la Ciudacita. Un lugar lleno de misterios, asentado en el Aconquija.

Para agilizar los servicios del baqueano, le propusimos que vaya hasta Campo Colorado con la mula de tiro, nos deje las carpas con la ropa de abrigo, la comida para los días sucesivos, y desde ahí se vuelva. Un rato antes de cruzar el abra del Inca, nos encontramos con el baqueano que volvía de hacer su trabajo.

-Ahí deje las cosas- nos dijo y siguió rápidamente su camino de vuelta.

Con un gran esfuerzo subimos los 4.900 metros del Abra del Inca, justo antes de que se ponga el sol. Saludamos rápidamente la apacheta y el homenaje al profesor Orlando Bravo y seguimos rumbo a la comida, la carpa y el merecido descanso luego de 7 horas de caminata.

Desde el abra se veía todo Campo Colorado, pero no llegábamos a divisar los bultos con nuestras cosas. La cara de alegría por haber ascendido hasta el punto más alto del camino, de a poco se iba transformando. Bajamos rápido y efectivamente en el campamento de Campo Colorado, donde en todas las expediciones anteriores había acampado, las carpas, la comida y los abrigos no estaban. Todavía había luz, pero el sol ya estaba detrás de la montaña. Estábamos a 4.400 metros de altura y las opiniones eran diversas. Unos dijeron que bajemos hasta el bosque y nos refugiemos bajo los árboles, eso significaría como 8 horas más de caminata para el lado de Tucumán. Otros seguimos unas huellas de mula que se perdían entre las vegas, el grupo parecía que se separaba pero por suerte nos reunió la cordura junto a una gran piedra en el medio de la planicie. La vi mal y pensé: - Hoy no se muere nadie, ni a nadie se le congela una falange.

Me acordé que la primera vez que fui a la Ciudacita, en el año 1.999 hicimos un campamento en Campo Colorado, y el baqueano que era Alfredo Escudero junto a su pequeña hija, habían dormido entre las piedras de la ladera. Nos fuimos para ese lugar y encontramos una pirca en semicírculo, de poco más de un metro de largo y casi un metro de alto. Contra esas piedras se ubicaron Leandro, Mariano y Magu y desde ahí miraban fijamente. Ya estaba casi oscuro. Encontré entre mis cosas una bolsa de dormir de supervivencia y se la pase a Sergio, que iba a quedarse en un costado. Pablo tenía una capa de plástico y estaba del otro lado. Fabián y Adolfo, se turnaban los puestos entre los tres de atrás y el del costado. El Mataco y yo, a los pies de los que estaban apoyados en la pirca. La idea era que la pasemos como cachorros dándonos calor entre nosotros. Esa noche no encontramos nada de leña, a veces se pueden ver unos cuernitos, pero con la última luz y con las linternas fue en vano la búsqueda. Por suerte apareció una manta aluminizada, que si bien no cubría a todo el grupo, improvisábamos un techo que íbamos moviendo para que dé a ratos nos tape a todos.

Éramos 9 cachorritos abrazados al calor que nos regalaba la Pachamama. Serían las 9 de la noche y tendríamos que esperar mirando el horizonte, hasta que el Astro Rey venga en nuestra ayuda.

El tiempo pasaba de a segundos, las estrellas brillaban alocadamente, el frio se nos colaba por la ropa. Estábamos serios, por suerte no perdíamos la calma. De vez en cuando con Adolfo nos parábamos y prendíamos unas pequeñas islas de pastizales, cuyo fuego se levantaba unos 30 segundos, un minuto a lo sumo. Caminábamos, saltábamos y volvíamos al abrazo fraternal y esperanzador.

En un momento el Mataco me dice que ya no siente los dedos, le digo que los mueva. Al rato me dice que ya no los puede mover. Le digo que se saque los zapatos que se los iba a masajear. Eran como cubitos, estaban duros y con puntas, pero yo sabía que la sangre de a poco iba a volver a correr.

Las horas caminaban lentamente y la helada de la noche estrellada nos daba su frio bautismo. De vez en cuando un, “córrete un cachito”, “veni ahora vos para acá”, que dadas las circunstancia eran bastante armónicos y tranquilos

Quizás alguno en las 10 horas de vigilia, cerró por instantes los ojos. Había que esperar, cada minuto era más frio. Teníamos que pasarla cada uno en su experiencia personal. A veces daban ganas de putear al baqueano, al que no le dio bien las coordenadas, a la vida, a la incertidumbre, a la idea de haber ido a la montaña y al rato te dabas cuenta que tenías que guardar energía para no decaer, para no aflojar. Había que concentrarse en el lugar, en el segundo a segundo que iba pasando la historia. En mover las extremidades, ese era el trabajo. Por ahí se mencionó de rotar las posiciones pero la idea cayó en un hueco que se convirtió en silencio y no pasó nada y a veces es mejor que no pase nada, sino va a pasar nada bueno. Había que mantener la calma. En esos momentos hay que cuidarse, el fantasma del descontrol puede aparecer sin aviso. Nos movíamos en nuestro lugar, de un lado para otro, esperando que llegue la luz y la luz no llegaba, solo el frio que estaba encaprichado en envolvernos.

Pocas palabras, algunos quejidos que cada uno hacía para sus adentros, pero también se escuchaban para afuera.

Como un acto casi divino comenzó a ponerse más naranja para el lado del naciente, para donde nuestras miradas estuvieron apuntando toda la noche.

Sobrevivimos, pensé.

Y llego un rayo y luego más, la pesadilla estaba terminando, como pichones de cóndores abrimos nuestras alas para que el sol nos convide su energía.

Ahora tendríamos que encontrar las cosas, pero con todo un día por delante no iba a ser muy difícil.

Trazamos unas líneas imaginarias por el valle que teníamos al frente. Leandro y yo íbamos por la parte más al sur y luego de unos 40 minutos caminando encontramos los bultos.

Ese día nos quedamos comiendo, echados al sol y dormitando cada tanto. Fue una experiencia grandiosa que nos va a acompañar para el resto de nuestras vidas.

La explicación de lo sucedido fue que Willy, el baqueano, que era la primera vez que iba solo para ese lado, consideraba que Campo Colorado era donde nos dejó las mochilas y para nosotros, era donde pasamos la noche.

Cosas que pasan.

Por suerte volvimos todos, volvimos amigos y cumplimos el objetivo que era visitar las ruinas de la Ciudacita, pero ese cuento queda para otro momento.

Santiago Aragon

Las Mojarras

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