Desprendimiento rojo
Mi nombre es Dalmira; alguna vez fui una niña a la que me gustaba saltar a la cuerda. Parecía un ajedrez en una pared de ladrillo, siempre usaba un vestido cuadrillé en colores rojos y naranjas.
Mi madre se llama Julieta Díaz y se separó de mi progenitor antes de que yo naciera. La relación no había funcionado. Ella ya había sentido odio cuando lo escuchaba opinar sobre la clase trabajadora y lo poco que se esforzaban en tener las cosas que querían, y lo mucho que le hacían perder a los empresarios que se animaban a invertir. Pero después lo besaba.
Solo éramos las dos viviendo en la ciudad, en una casa grande que nos había prestado mi abuela. Era una casa antigua, de puertas y ventanales grandes.
Uno de los pocos recuerdos lindos que tengo de pequeña fue en esa casa, porque mi memoria me trae los días donde el sol se colaba por los vitrales y, como en un acto final de magia, los rayos subían poco a poco, comenzando en los pies hasta llegar justo a la frente, mientras yo le cambiaba de vestido a mis muñecas. Eso me hacía sentir segura y caliente.
Lo único que supe de mi progenitor es que un día se fue y no regresó. Julieta me dijo que había encontrado a otra tonta dispuesta a dormir con ese olor apestoso, que habían tenido más hijos y que seguro esa tonta estaría criando sola aunque estuviera con él. Hay distancias que no requieren explicaciones. O, al menos, tienen más voz que la huida.
Julieta intentaba estar bien, pero no podía. No dormía bien, siempre estaba de mal humor, así que yo le temía. Una noche, a punto de explotar, tomó una decisión: huir también, pero ella no podía hacerlo sola. Yo iba con ella.
Julieta, antes de que yo naciera, había emprendido un viaje de mochilera al Valle Calchaquí. Quería recorrer lo que ella llamaba entre risas el “Triángulo de las Bermudas” del Norte Argentino, que era el espacio geográfico que había entre tres provincias que a ella le encantaban: Tucumán, Salta y Catamarca.
Había preparado un mapa, poca ropa, algo de comida y una cámara de fotos que le habían regalado cuando cumplió quince años. En las pocas fotos que había de esa experiencia se la veía joven y con una sonrisa de reconciliación con la existencia. Pero aún quedaban cosas por aprender. Justo después de volver de ese viaje, donde había sido muy feliz, conoció a mi progenitor.
Me contó que ella estaba leyendo un libro en una cafetería de su barrio. Giró porque sentía que algo la desconcentraba y le quitaba la energía al libro, y era él, que la observaba con unos ojos dulces y curiosos. Se sonrieron y fue suficiente.
Después, cuando su corta relación terminó, Julieta seguía sin entender qué mecanismo de defensa la hizo elegirlo para una unión eterna marcada en las estrellas. Como tener una hija. O fue que estaba ovulando.
Julieta eligió por instinto ir a vivir al Valle Calchaquí. Le recordaba a aquel viaje que había hecho. Buscó una casa con vista a los cerros grises, donde por las tardes se miraban atardeceres naranjas; un fondo lleno de árboles y una acequia de un recorrido casi permanente. Hasta ese momento sobrevivíamos con lo que nos mandaba mi abuela, de quien también huíamos. Julieta no quería recibir más ese dinero, porque eso demostraba que ella era igual que ellos. Y ella nunca había pertenecido a ese clan, que era un circo donde el dinero hacía que bailaran los monos.
Ella no quiso abortar, fue lo primero que se le pidió al contar la noticia de mi embarazo. Esto enojó más a mi abuela, ya que para ella hacerlo era un desprendimiento sin consecuencias morales. Nadie tendría que enterarse. Además, una madre soltera era la vergüenza familiar; mejor tenerlas lejos para no manchar el doble apellido.
Yo crecí, entonces, caminando por las gramíneas, las hierbas silvestres, el pelo todo sucio por las hojitas pequeñitas de las ramas de los algarrobos y en la boca un gloss de brillo de la resina. Siempre brillaba. Comía tomates pequeños que crecían silvestres y hacía casitas con las ramas de frutillas y los cajones viejos que se usaban para hacer miel.
Mi madre había perdido la esperanza de volver a enamorarse. Pero un día apareció un hombre en su vida. Un viajero. Un encantador. Y ella floreció de la noche a la mañana. Prendió la luz de su alma. En esta nueva versión perdía menos la paciencia, gritaba menos y sonreía más.
La presencia masculina en la casa cambió por completo nuestras vidas. Sin embargo, esta paz duró como dos años; el resto es la crónica de mi posesión roja.
Mi padrastro era muy creyente; había hecho construir una habitación en el fondo de nuestra casa. Allí, con una tenue luz, funcionaba un altar, y en el centro una mesa con una gran imagen oscura; allí él ponía velas que estaban prendidas siempre, una mesa con ofrendas de manzanas grandes, rojas y masas finas cubiertas con azúcar impalpable como polvo de hadas.
Él siempre usaba camisa y un pantalón de vestir, anteojos grandes e iba a misa todos los domingos. Siempre ayudaba a quienes lo necesitaban. Si veía en la calle a un viejito que no podía con el peso de las bolsas, se paraba y las cargaba él, como cargando culpas. O compraba mercadería para llevar a alguna madre soltera con muchos hijos; después de esas obras para el cielo, él regresaba a casa, se sentaba en nuestra mesa y la bendecía. Yo temblaba porque sabía que su postre en la tierra iba a ser sus manos entre mis piernas.
Las primeras veces me llevó con él a esa habitación; rezamos casi gritando, me sostuvo la mano con devoción y sentí cómo su fuerza me presionaba.
Las veces que siguieron ya me habló de él, de ellos, porque eran dos; me dijo que le hablaban, que le hablaban de parte de Dios y le habían pedido que hiciera un trabajo de reconversión con las personas. Que íbamos a hacer juntos una depuración de algunas almas, íbamos a comenzar por nuestra familia, por mamá y sobre todo por Matías, mi hermano menor, su hijo, que no podía escuchar sonidos fuertes sin ponerse a llorar. No soportaba verlo gritar tapándose los oídos como lo hacía, girando y girando como un yo-yo, huyendo del mundo en el que le tocó nacer. Tenía ataques de llanto; algunas veces solo funcionaba para que se calmara una ducha fría, si no, en plena crisis, caía desmayado en medio de la casa.
Esos días yo no quería volver a casa, me demoraba jugando en la plaza, me subía a la hamaca y volaba, volaba muy alto hasta el cielo.
Cuando llegaba, me miraba sobre los anteojos y me decía: "Pasá". Yo tenía miedo porque me pegaba si él no sabía dónde yo estaba; tenía mis horarios pegados en la heladera y debía cumplirlos.
Julieta solo era mamá para mis hermanos, sobre todo para mi hermano enfermo; casi nunca tenía tiempo para mí. No me miraba a los ojos, no me decía: "Dame la mano y huyamos juntas…".
Yo creí en él porque sentía que había que salvar a Julieta, pero mi madre fue el diablo que metió a este hombre a nuestra casa. Antes había elegido un padre que desapareció. Todo es su culpa.
Tengo 25 años, me presenté a la justicia. Quiero que paguen. Esta vez yo tuve un desprendimiento rojo: me despedí de mi madre, de la sangre que me une a ella y de la culpa por no salvar a nadie; solo quiero mi salvación y mi justicia.
Noelia Ayala
noeaya948@gmail.com