La felicidad solo es real cuando es compartida
A algunos nos cuesta un más o un menos compartir con otros. El título de esta columna es una frase que el protagonista de una película muy conmovedora llamada Into the Wild («Hacia rutas salvajes») escribe en su diario. El significado tiene que ver con que la verdadera alegría y satisfacción humana no alcanzan su máxima plenitud en el aislamiento o el egoísmo, sino cuando se viven y se celebran en comunión con otras personas.
El protagonista es un joven viajero que deja todo: trabajo, estudio, ahorros; quema sus documentos y registros, y deja su auto abandonado. Eran los años 90 y este joven se va sin comunicación, pero dicen que no se debe contar todo sobre las películas; tal vez así, por curiosidad, invitamos a verla y vivir la experiencia en los propios ojos y con el sentir de cada alma.
Tuve un sueño: soñé con una tía que me invitaba a viajar como mochileras. Dispuestas a hacer dedo, las dos muy felices, ella me llevaba de su brazo. Al despertar, me sentí rara. Tuve como miedo de morir, porque mi tía ya murió hace un par de años y yo tengo un hijo pequeño.
Las imágenes que siguieron fueron: debo escribir para mi hijo, que es lo único que puedo hacer; hay cosas que no se pueden controlar; debo elegir una canción de Gabo Ferro para mi entierro; debo dejar todo ordenado, llorar mucho; debo donar ropa que no uso y que tengo ahí como esperando a ser mejor persona. Y también la desesperanza de no haber amado nunca, y cuando hablo de amor hablo del calor interno, como esa llama que se enciende ante la presencia de otro, no ese barato que se compra y vende al mejor postor, que es como un baldazo de agua fría en pleno carnaval. Ese que uno elige por heridas de la infancia. Soy una «roma-tical», mitad romántica y mitad dramática. Como Jane Austen, que escribió «atraviesas mi alma. Soy mitad agonía y mitad esperanza».
La felicidad es compartida. Claro, si en parte quienes hacen que seamos nosotros son los otros.
En tiempos de duelo o de desesperanza, siempre hay que agradecer la presencia y el cariño de quienes se quedan a pesar de nuestros monstruos, que siempre están al acecho, hablándonos al oído. Un papá que estuvo deprimido contaba que uno de sus hijos le decía: «Llorá tranquilo, nosotros sabemos que vos llorás escondido».
La fuerza y sensibilidad de nuestros hijos, que muchas veces sostienen al adulto que debería cuidarlos. Sin juzgar. Hay una letra de Gabo Ferro que habla de ser nuestros propios padres, de nuestra soberanía sobre nuestra existencia y nuestros aprendizajes íntimos.
Planear un viaje con amigas, que incluya risas, comida rica y saber que tu presencia le hace bien a la otra persona solo con estar, con acompañar. Las cargas se alivianan. Un mate, una siesta, un río y sentir que por momentos una bombilla es el equilibrio entre el bien y el mal, entre un día de mierda y la anécdota más graciosa que un amigo te puede contar jugando al fútbol, que incluye que lo expulsaron por varias fechas.
El cuento por las noches a un hijo que cree que las hormigas pueden andar en bicicleta. Que te obliga a imaginar un mundo mejor. Aunque a los políticos de turno les importe muy poco nuestra imaginación, nuestra creatividad y, por sobre todo, nuestros hijos. Con que solo pongamos un papel en una urna cada cierto tiempo es suficiente.
Rolón, el psicólogo de TikTok de los pobres, dice que uno puede decir «qué feliz fui en la salida del viernes», pero si no estoy siendo feliz en la del sábado, esa felicidad antigua, lejos de hacerme bien, me hace mal: me ancla en algo que ya está perdido. Si la felicidad existe en algún lado es aquí, y para que exista tiene que ser presente, y para eso tenemos que estar en un estado de apertura y receptividad que permita acoger esos momentos. Un error es querer eternizarla: nada es eterno en la vida, ¿por qué iba a serlo la felicidad? Abrazar la felicidad es renunciar a quererla para siempre.
Y que cuando escribió su libro Felicidad, acuñó un neologismo que es el de «faltacidad»: la capacidad de ser feliz a pesar de lo que falta. Debo abrazar esas faltas que determinan la persona que soy para vivir un momento que, con esas faltas incluidas, sea de felicidad.
Y que el disfrute no es la felicidad. Hoy la cultura intenta privarnos del legítimo derecho a pelear para ser felices, por la obligación de disfrutar. La cultura que vivimos armó un mundo para que consumamos, por eso necesita el disfrute, porque si ya no disfrutás con algo, cambiás de serie, de teléfono, de pareja, etc. La felicidad, en cambio, requiere de cierta preparación: es la construcción que un ser humano debe ser capaz de realizar para que el placer, el disfrute y esas cosas tengan un sentido diferente al que tienen hoy.
En tiempos oscuros como los que vivimos, la emoción del encuentro con el otro no debe desaparecer. No hay recetas ni certezas. En esta columna se inventaron muchas palabras con el objetivo de crear otra realidad. En el final de El lobo estepario dice: «Sin magia no se podía soportar este mundo». Recordé la instrucción china, retuve la respiración durante un minuto y me liberé de la ilusión de la realidad. Pedí amablemente a los guardias que tuvieran un segundo más de paciencia, ya que debía subir al tren de mi pintura y revisar algo allí. Se rieron, como era su costumbre, porque pensaban que no estaba en mis cabales.
Así que me achiqué y entré a mi pintura, subí al trencito y viajé con él hacia el interior del pequeño túnel negro. Durante un rato aún fue posible ver el humo en forma de nubecitas que salía del agujero redondo; luego el humo se dispersó y, con él, la pintura entera, y con ella, yo.
Los guardias quedaron atrás muy turbados.
Le pregunté a mi hijo qué es para vos la felicidad.
—Los zombis, mamá, y el dulce de cayote…
Noelia Ayala
Noeaya948@gmail.com