Quemando brujas y brujos en el 2026
Dedicado a mi querida doctora J. Sidan
¿Aún se siguen quemando brujas en estos años? Pero sin fuego, sino por el Facebook.
Esa fue una etapa histórica muy oscura. La dinámica de la "caza de brujas" en la región andina y el Río de la Plata tuvo diferencias marcadas respecto al fenómeno que se dio en Europa. Porque aquí, como sucede casi siempre, la gran mayoría de las perseguidas eran mujeres indígenas, mestizas y afrodescendientes. El poder colonial catalogaba como "hechicería" o "pactos demoníacos" a los saberes ancestrales de curanderismo, partería o el uso medicinal de plantas autóctonas.
Existe registro documentado de ejecuciones en la hoguera por hechicería en el actual territorio argentino durante la época colonial. El caso más emblemático y brutal fue el de Inés Negra en el año 1703, considerado por historiadores como el primer caso documentado de pena de muerte por hechicería en lo que luego sería la Argentina. Inés era una mujer negra esclavizada, acusada por sus propios patrones de haberlos "encantado". Tras sufrir torturas brutales durante el juicio, "confesó" haber pactado con el diablo. Fue condenada como pública hechicera, paseada en burro a modo de humillación y quemada viva en la hoguera el 1 de diciembre de 1703.
Hay una historia muy cercana que me gustaría contar. Se trata de un señor que tiene su casa de adobe a punto de caer en la localidad de Palo Seco. Cuando era un niño, en un accidente doméstico se lastimó un ojo con una tijera, lo que hizo que perdiera la visión de ese ojo y le quedara blanco. Fue un complejo que lo acompañó durante toda la vida. Eso hizo que siempre ocultara su rostro. Cuando fue más grande, guiado por la moda, dejó crecer su pelo para que no lo vieran. Solo salía de noche. Y por esa sucesión de cosas infortunadas, lo llamaron el brujo, el diablo. Un estigma que lo persigue hasta el día de hoy. Describí el estado de su casa, porque si fuese el diablo, ¿no viviría mejor? ¿O el diablo es muy humilde y esclavo en una época, pobre en esta y es feliz en una casa de adobe a punto de caer? Este señor sobrevive gracias a los pesos extras que le envía un hermano que vive en otro lugar. Los vecinos han contado que han visto sus ojos rojos, que busca almas a cambio de qué; tal vez con la esperanza de, en otra vida, tener los ojos azules y una buena vista. No lo sé.
Pero uno o dos de estos vecinos, que hablan de los ojos rojos del vecino, no miran sus puños cuando le pegan a la mujer. ¿Por qué a eso no se le teme, no se lo estigmatiza, y esos vecinos golpeadores y abusadores siguen jugando al fútbol los sábados, llenos de amigos y alcohol? ¿Estos no tienen trato con el diablo? Pero si alguien se oculta en la soledad de su complejo, hay que mantenerse lejos.
La soledad imperdonable de quien ha aprendido a vivirla o el que la elige como destino irremediable, en nuestro Valle también parece no caer muy bien a los “vecinos”. Esa persona es juzgada por esa decisión y su vida íntima es puesta en tela de juicio. Algún problema debe tener. Debe ser bruja en el caso de las mujeres.
Vivimos en un lugar donde la naturaleza nos envía señales todo el tiempo, donde la magia sí existe, pero el aprender a recibirlas desaparece con la segunda socialización, que es la escuela. Nos aleja de nuestra naturaleza salvaje; lo dice Clarissa Pinkola Estés.
Marcos Pastrana, un sabio de su tierra, Tafí del Valle, en su mensaje del 1 de agosto nos recordaba que el territorio debe volver a los pueblos, y que eso significa, entre muchos conceptos, que hacerlo no es negar la cultura actual, es recordar, volver a ejercitar los saberes, volver a cocinar, volver a sembrar…
Nuestra historia está plagada de hechizos, de curaciones que olvidamos. Un agricultor ya viejo me contaba que cuando su duraznero no daba frutos, hablaba con él y le pegaba unos “azotes” diciéndole: "Si yo te riego, yo te cuido, yo te aporco, ¿qué te pasa?". Y que al siguiente año, era el duraznero que más cosecha daba.
Una viajera que ofrecía sus productos en la feria Arco Iris un sábado me contó que en su paso por la comunidad mapuche se había sorprendido al escuchar que en algún momento su lengua estaba a punto de perderse porque no se la escribía. Y cuando los niños aprendían a hablar y tenían curiosidad por saber cómo nombrar algo, al viento por ejemplo, los adultos respondían: "Escúchenlo… él se los va a decir".
Nuestras madres nos curaban con sus tés, con sus yuyos, sus rezos, pero se han ocultado. Hoy solo te dan un té digestivo, que lo hace La Virginia para no perder la costumbre de curar, pero industrializado.
Había mujeres con mucho conocimiento ancestral. Cuando el bebé venía mal, manteaban; cuando iba a nacer un bebé y no tenían los recursos para ir a un hospital, las mujeres mayores eran las parteras, y después se quedaban a acompañar con una sopa de gallina criolla para que la recién parida recupere fuerzas.
De niños nos curaban del susto y del empacho. Con miedo, nadie debía saber.
Yo a mi hijo lo he llevado a Doña Dominga, una hermosa mujer de San José con un conocimiento ancestral enorme, confiando en que su llanto se calme, y ante un problema de salud, a la doctora clínica. Los conocimientos conviven aunque se los intente negar.
Hay lugares donde la alquimia juega con el saber, como el espacio de herbolaria de la escuela Aurora. La magia en frascos que curan y se distribuyen. Qué lindo que exista.
Las ciudades nos han quitado el sentido y la raíz que te da la tierra y la afirmación sobre uno mismo. Si al final, como decía Atahualpa: “El hombre es tierra que anda”.
Hay sabiduría oculta en las personas más comunes, no salen en ningún medio de comunicación. Pero están entre nosotros. Más despiertos y conectados con lo que no podemos y nos cuesta trabajo entender.
A los que se salen del molde, a los acomplejados, a los poetas, a los agricultores, a los solteros y solteras, a los brujos y brujas que aún quedan entre y “en” nosotros: no permitamos que sean quemados por la luz de la inteligencia artificial.
Noelia Ayala
noeaya948@gmail.com