Los sin dientes
Las madres casi siempre nos acusan de sus quebrantos. Entre tantas culpas, como la de la remota posibilidad de una vida mejor sin nosotros (porque habrían huido con su verdadero amor o tal vez sí vivirían mejor, nunca lo sabrán), hay una culpa estructural, una “zona de sacrificio” en la cara: la pérdida de los dientes.
Las mujeres que trabajan el campo, aquellas que siembran nuestros alimentos, que hacen dulces con las frutas, que cuidan su majada de animales, aquellas que sostienen a sus familias con el sudor de su frente trabajando en la finca; en su mayoría, han perdido sus dientes. Los hombres también sonríen tímidamente, o muestran la campanilla de una sola vez, a boca abierta. Los hijos de estos hombres y mujeres reconocemos en nuestras facciones nuestras raíces: frente amplia, pómulos grandes, labios gruesos, piel morena. Pero no podemos reconocernos en sus dientes, porque no los tienen o porque, en el mejor de los casos, tienen prestada una dentadura.
Hay una historia que no se sabe si fue verdad o si alguien la imaginó. Eso pasa seguido en la escritura. Se dice que una vez llegó a un pueblo rural muy pequeño y alejado una familia con un niño criado en la ciudad, en plena edad de los ¿por qué?, asombrado con todo lo que iba descubriendo mientras recorría el lugar. Dos hermanos, una mujer y un varón de 50 y 53 años —de los cuales no sabemos los nombres, ya que en el anonimato los protagonistas se animan más—, descansaban en el zaguán de una antigua casa de adobe. La familia, muy atenta, bajó a saludar; sus padres habían vivido en ese lugar y conservaban lindos recuerdos de veranos compartidos durante la niñez. Los tímidos hermanos no pudieron huir, fueron pescados desprevenidos. A ellos los ponía en tensión hablar; solo sonreían tapando su boca... el poder de la vergüenza.
En medio de la charla, el curioso niño preguntó:
—Papá, ¿por qué ellos no tienen dientes?
Los hermanos tuvieron que reír a medias, sonrojados. No era una pregunta que se hacían seguido. Los padres no pudieron detener al audaz niño que, no conforme con preguntar, quería tocar, y con un dedo intentaba abrir la boca de ese "bebé grandote". Según él, solo los bebés no tienen dientes.
¿Quiénes no tienen dientes? Los ancianos, las madres pobres, los sin obra social, los olvidados, los obreros, los mal alimentados; aquellos que tuvieron que elegir entre un diente y comer, aunque sea sin ellos...
En el campo se sabe la edad de un animal, su alimentación y su pelaje por sus dientes. Y en el mundo de los sueños, los dientes significan la seguridad en nosotros mismos, porque son el símbolo de la felicidad: nuestra sonrisa.
Hay un "meme" de estos tiempos complejos que mostraba a alguien muy preocupado diciendo que el problema de este país es que la gente quiere comer. Lo de tener dientes —esos blancos y perfectos de artistas de televisión o de fotografías de jugadores de fútbol que ganan millones— no es una preocupación cotidiana de nuestros pueblos. Los dientes son estructuras vivas y resistentes fijadas a los huesos de la mandíbula; están vivas y son importantes. Un ser humano necesita masticar alrededor de 20 a 30 veces antes de tragar. Y vos pensarás: un arroz con salchicha no necesita masticarse tanto; un pedazo de carne sí, esos cortes muchas veces inalcanzables para alguien que no tiene dientes.
Hay un cuento muy perturbador de una escritora ecuatoriana llamada Mónica Ojeda, Caninos, que relata la relación de una hija con la dentadura de su padre ya fallecido, a la cual cuida y trata como si estuviera viva:
“Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas...”.
En estos tiempos tan duros, cada vez que leo en redes sociales el odio que la gente se lanza, o me veo a mí misma no luchar por un mundo mejor, creo que nos olvidamos de que hay un otro que no tiene dientes, nuestro vecino, el que vive en un barrio o está por nacer en un pueblo alejado. Y cuando lo tengamos de frente, más allá de las palabras o a quién haya votado, sus dientes serán la ventana por la que miraremos la realidad.
Noelia Ayala
@escritoradelvalle