Carta a una amiga
CARTA
Querida amiga:
Sé que cuando llegue esta carta a tus manos, tu cara será de sorpresa. Ya casi nadie escribe cartas a mano. Me enteré de que perdiste a tu hija mayor y que fue todo muy rápido; que una enfermedad desconocida se apoderó de su cuerpo. Yo también perdí a mi hijo mayor, Pablo, hace diez años por suicidio, y elegí esta forma de abrazarte para decirte que, aunque nada va a quitar el dolor que sentís, vas a seguir respirando y viviendo sin la presencia corporal de tu hija. Primero con dolor, después con melancolía y, finalmente, con amor.
Yo todas las tardes charlo con él. Encontré un refugio donde se siente el sonido que hace el viento entre las ramas de las flores de chañar. De un lado mira el río y del otro lado, la montaña. Él se divertía tanto de chiquito en ese lugar, corriendo a esconderse entre los árboles y jugando a la “pilladita” con sus hermanos. Y yo renegaba. Usaba las zapatillas más caras, las más nuevas, como si fuésemos millonarios. Siempre fue muy orgulloso. Siempre queriendo ser más que sus hermanos; me imagino que viene por el lado del padre. Su abuelo siempre quiso tener una vida de opulencia y murió de cáncer porque no pudo perdonarse no tenerla.
Yo no pude hacer nada, lo perdí en un abrir y cerrar de ojos. Es lo que me parece, pero no debe haber sido así. Yo, que solo pensaba en mí, en mi cansancio de mujer, de madre, no vi cuando ya no sonreía. Después, cuando pude y vi sus fotos, me di cuenta de que sus ojos estaban vacíos. Tenía tanto por qué vivir.
Lo recuerdo pequeñito en una noche de tormenta. Él le temía muchísimo a los truenos y vino corriendo a mis brazos para que yo le prestara una virgen. Pero no quería la virgen pequeña que le daba siempre que eso pasaba, sino que quería una virgen grande. A la madrugada se despertó y corrió a mis brazos asustado. "Mamá, protégeme", dijo entre lágrimas. "Los monstruos me persiguen y quieren matarme". Yo, en ese momento, solo le susurré al oído que mamá estaba para cuidarlo.
Pero yo también luchaba con mis propios monstruos: el divorcio.
Sé que debés sentir lo que yo sentí cuando, al otro día y todos los días que siguieron y siguen, tenemos la sensación de que una silla vacía nos sigue por toda la casa. Es que debimos morir nosotras, no ellos.
Pero no. No solo no nos morimos, sino que tenemos que elegir la ropa que vamos a usar en el momento figurado más importante de la muerte: el velorio. Que no se nos note que estamos destruidas, pero que tampoco usemos ropa que nos haga ver como una mala madre. Porque vas al velorio de tu hijo. Las dudas de la maldita culpa.
Y pasan distintas escenas surrealistas. Ver salir el cuerpo de alguien que estuvo nueve meses en tu vientre, y que tuviste en brazos cuando era bebé y temías que dejara de respirar. La gente que te mira con pena, pero también hacen chistes y se ríen, porque su vida y la de todos continúa. La gente que se acerca a mirar las fotos de cuando ese hijo era feliz, porque la foto que se elige para recibir las condolencias es la que está sonriendo.
Y una vez que los dejás ahí, en ese lugar frío y triste, regresar a casa y pensar todos los días qué van a comer en casa.
Debo decirte que me siento muy cansada algunos días. Cocino porque tenemos que comer, y tenemos que seguir viviendo, aunque el dolor de espalda casi no me permita mantenerme en pie. Otros días, un nieto que viene de visita me hace reír con sus travesuras.
Mi hijo sigue cargado en mis hombros como cuando íbamos a comprar al quiosco del barrio y él se subía porque yo era su caballo. Quería que corriera muy fuerte y yo no podía resistir el cansancio en mis piernas, pero lo intentaba solo para escucharlo reír.
Él me avisó lo que iba a suceder cuando dejó de luchar por cansancio. Yo no quise verlo. Tenía esperanzas de que todo mejorara, de que solo fuera una etapa de oscuridad. Me hizo prometerle que iba a respetar su decisión. Los hijos no deberían morir antes que nosotros.
No escuché cuando cerró la puerta. Yo solo sentí un viento que entró a mi habitación, tiró las hojas y movió las cortinas, lo que hizo que nuestras fotos donde estábamos juntos cayeran al suelo. No dijo "mamá, ayudame".
Yo corrí a esconderme al baño, no podía ser verdad. Solo me repetía "ay Dios, ay Dios", y ante ese desamparo, mi único respaldo fue el piso.
Recordé de nuevo cuando era pequeño, lo ágil que era, su capacidad de huir, de esconderse, y cómo se reía cuando sus hermanos lo descubrían ya cansados de buscarlo. Él ganaba aunque estuviera perdiendo, porque lograba hacerlos enojar.
Yo también huía, me escapaba para no tener sexo con su padre, estaba harta. Recordé cuando vino llorando porque le gustaba una chica, pero estaba de novia con su mejor amigo y tuvo que dejarla ir. O cuando me planteó que, aunque tenía un gran aprecio por su padre, nunca logró tener una gran conexión, y eso también lo entristecía. Teníamos una gran relación.
Tal vez por eso quise escribirte. Soy una madre que te entiende y quiere ayudarte; que sientas que, a pesar de la distancia, estoy con vos. Porque mucho tiempo me sentí culpable de no haber hecho algo más, y hace poco descubrí que lo útil de esa culpa es ayudar. Y tal vez otra madre tenga la oportunidad de hacer algo más, incluso con lo que quedó de nosotras.
Cada quien tiene su forma de sentir el dolor y el amor. Viví tu duelo tranquila. No te presiones. La vida es una canción con la que muchas veces se baila y otras se llora, y mucho. No todo está bajo nuestro control.
Yo, en ese momento, sólo quería salvarlo. Pero soy una madre con más hijos, con nietos y nietas. Debo seguir viviendo, aunque con su partida esa madre que fui con él haya muerto también.
Pablo sigue conmigo, siento su presencia permanente a mi lado. Hay un momento, una hora en la tarde, en que lo siento en el viento del valle, ese que conocés y seguro lo recordás cuando íbamos al río a matear de jóvenes; ese que algunos días corta la piel y el alma, y otros días abraza como una abuela cariñosa.
Miramos juntos las flores que de niño le gustaban…
Noelia Ayala
@escritoradelvalle