El Alemán Muerto
Pasear por la Puna es como introducirse en otra dimensión, donde la belleza nos rodea y la soledad nos acompaña.
El sol pega fuerte, las vicuñas nos miran sorprendidas, el viento acaricia y de un momento a otro nos está azotando.
Ronaldo Vázquez el camionero de la municipalidad de Tolar Grande y también el cantante del grupo de cumbia, me contó que el alemán, en la década del 30 había ido al volcán Llullaillaco en una camioneta Ford y había descubierto una de las puertas mágica que tiene la montaña y por la que se introduce a sus entrañas, donde existen caminos internos que forman laberintos y donde habitan tesoros incaicos. Se dice que el hombre estaba con una mujer y se demoraron un tiempo dentro de la montaña, aunque el tiempo adentro de la montaña no corre de la misma manera que afuera, me contaba Vázquez con tono misterioso.
Al parecer no encontraron la salida o se distrajeron en los innumerables tesoros que allí residen. Una patrulla militar que rondaba la zona, dado que es un paso fronterizo con Chile, encontró la camioneta en la base del volcán y supusieron que estaba abandonada y se la llevaron. Cuando los exploradores salieron de la montaña no encontraron el vehículo y tuvieron que volverse caminando y rumbearon para el lado de Tolar Grande, en medio de la inmensidad de la Puna.
Una tarde de primavera luego del crudo invierno puneño, una familia que tenía rebaños por aquella zona, encontró el cuerpo del joven alemán. Murió congelado. De la mujer no se supo más nada.
Estuve unos días en Tolar Grande, y conocí a Carlos, otro empleado municipal y encargado de sacar las camionetas que se apunan en la base del volcán Llullaillaco. A él también le pregunté sobre la historia del Alemán Muerto. Me contó otra versión, menos fantasiosa pero tan increíble. Me dijo que había sido un marinero de un barco europeo que había desembarcado en el puerto de Buenos Aires en 1930. Como pasa siempre cuando los barcos llegan al puerto, la tripulación descendió por unos paseos y unos tragos.
No se sabe bien, porqué este alemán no volvió a tiempo y el barco hizo sonar sus sirenas, levo el ancla y partió.
Él sabía que el barco se dirigía para el sur, atravesaría el estrecho de Magallanes y luego se iría al norte, parando en los puertos de Valparaíso y Antofagasta.
El plan del marinero fue ir en tren de Buenos Aires a Tucumán, y luego ir a Salta. Desde allí ascendería con los obreros ferroviarios que estaban haciendo el tren de las Nubes, hasta la estación de Caipe. Era tan potente la tenacidad que tenía por cruzar la cordillera y poder abordar a ese barco que lo había abandonado en Buenos Aires, que no escuchó las razones de la gente del lugar que le advertían de la soledad del paisaje, la falta de agua y del frio.
El joven tenía un gran convencimiento y aferrado a su valija y siguiendo las pocas huellas de los arrieros, encaró en la búsqueda de su barco.
Tiempo después se encontró su cadáver, y de entre sus ropas una carta dirigida a su madre.
Su nombre era Karl Wilmer, tenía 28 años.
Se llevó el secreto por su tenacidad y dejó la tumba en el medio de la soledad puneña, con la sola compañía de las vicuñas, el viento y el sol.