Made in Calchaquí Por: Redacción01 de octubre de 2026

Dora, la mujer que corre desde niña y planea hacerlo "hasta que Dios se lo permita"

A los 74 años, Dorotea Guillerma Mamani es un ejemplo de vida. Crió sola a cinco hijos trabajando en el servicio doméstico y en la zafra, camina nueve días al Milagro y sigue conmoviendo a todos en cada carrera.

Dora muestra con orgullo sus zapatillas, visiblemente gastadas por el asfalto y la tierra. A su alrededor, en su departamento, la custodian decenas de trofeos que ha cosechado a lo largo de los años. Parecen guardianes de una vida que no fue nada fácil, pero que aun así se transformó en una clase magistral de movimiento: "Camina, trota, corre... vas a poder con todo, aunque creas que no", repite sonriendo. Sorprende ver cómo un cuerpo tan pequeño desborda semejante poder.

Dorotea nació en San Antonio del Cajón hace 74 años. Su infancia quedó marcada por la pérdida: su madre falleció cuando ella tenía apenas diez años. Fue trasladada a Cafayate, donde la crió una pareja que también murió cuando Dora tenía 14. Sola y a corta edad, decidió partir hacia Buenos Aires, donde trabajó durante 18 años. Allí formó una pareja, tuvo hijos y, tras ser abandonada, quedó a cargo de la crianza de cinco niños. "No sé cómo lo hice, pero lo hice sola", recuerda.

En medio de los temporales de la vida, Dora corría. Corría en la escuela de niña cuando competía por los banderines y ganaba siempre; corría en la ciénega jugando con sus hermanos en Cafayate. Para ella, correr nunca fue solo un pasatiempo, sino una necesidad vital: "El cuerpo me lo exige. Cuando no hago deporte, no me siento bien".

Su fe tiene la misma potencia que sus piernas. Acaba de regresar de Salta tras caminar durante nueve días en la procesión del Señor y la Virgen del Milagro, una devoción que mantiene desde hace once años. Esta vez marchó para pedir por la salud de uno de sus hijos, quien quedó con secuelas tras la pandemia. Sus hijos, asombrados, le preguntaban al verla llegar: "¿No estás cansada, mamá?". Pero ella, apenas un día después de regresar, ya sentía el impulso de volver a salir. Dice que en la ruta no siente el cansancio; siente una fuerza invisible que la empuja a seguir, incluso cuando la vista le falla y debe parar al caer la noche para retomar la marcha a las cinco de la mañana.

Al preguntarle qué experimenta cuando corre, su respuesta es inmediata: "Emoción. Es como que algo me lleva, una fuerza que me supera se apodera de mí". Aunque reconoce que con la edad el cuerpo a veces se "baja", su actitud es inquebrantable: "A veces estoy bajoneada y pienso: 'No le voy a dar el gusto', y salgo", confiesa entre carcajadas.

Para sostener a su familia, Dora trabajó como empleada doméstica y, en sus años de juventud, en la zafra azucarera. Con ese esfuerzo compró el terreno donde vive hoy de forma independiente, en un departamento contiguo al de uno de sus hijos, dejando atrás sus días en la localidad de El Puesto. Recuerda con especial cariño a Miguel, su hijo mayor y gran compañero, con quien viajaba a Buenos Aires para trabajar y enviar dinero, mientras los más chicos quedaban al cuidado de una tía. Su mayor orgullo es haberlos sacado adelante a todos: "No tuve que 'regalarlos', como se hacía en alguna época", señala. Aunque lamenta no haber tenido recursos para darles estudios universitarios, se le ilumina el rostro al hablar de ellos: "Son todas grandes personas. Tengo un hijo albañil, un mecánico, un artesano, una enfermera y una administrativa". Su legado se extiende hoy en 12 nietos, entre ellos Nicole, quien heredó su pasión por el deporte.

Durante años, Dora formó parte de "Los Panteras", un grupo de runners que la invitaba a competir por diferentes provincias del país. Hoy prefiere las carreras locales. Su última presentación fue en San José, en la competencia de San Roque, donde dejó boquiabiertos a los espectadores al demostrar que a los 74 años se puede seguir compitiendo al máximo nivel. Su preparación es estricta pero intuitiva: entrena de manera constante, pero frena tres días antes de cada carrera para no perder peso.

En su rutina diaria también valora el compañerismo del ambiente atlético; el sentirse cuidada, que le pregunten cómo está o si necesita algo antes de largar. Cuando la gente se le acerca y le dice: "Dora, ¿cómo hacés? A mí me duelen las rodillas", ella siempre deja el mismo mensaje: "Hermana, camina. Si no podés correr, camina todos los días. Aunque sea dos cuadras, pero no dejes de caminar".

Si pudiera hablar con la Dora niña, le diría que siga siendo buena, porque se convertirá en una gran trabajadora. A la Dora joven, le aseguraría que hizo las cosas bien, que crió a sus "hijitos" trabajando en dos o tres lugares gracias a su fe inquebrantable en Dios. Hoy, su mensaje final es para las nuevas generaciones, a quienes les deja un pedido directo y enérgico: "Hagan deportes, no dejen de correr".

 

 

Noelia Ayala

Equipo de producción Valle Calchaquí Digital

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