Transitar el cáncer y la maternidad: la historia de resiliencia de Sandra Costas
La Sandra que todos conocían en Las Mojarras era una madre entregada a su hogar, preocupada por su hija mayor que se había ido a estudiar a Salta, y ocupada en la crianza de sus dos hijos más pequeños. Además de trabajar y estudiar, cumplía una labor social y comunitaria incansable en el club deportivo de su pueblo, en la capilla y a través de Cáritas. Sin embargo, ella ya no es la misma mujer desde aquel diagnóstico médico que le cambió la vida.
El descubrimiento y la sospecha
Todo comenzó cuando Sandra notó que una pequeña masa crecía rápidamente en uno de sus pechos, cerca de la axila. Trabajaba en un hotel cuando coincidió con una doctora alojada allí; en una charla informal, al relatarle la velocidad con la que aumentaba de tamaño, la médica le advirtió que debía hacerse ver de urgencia.
Llevada por el temor, Sandra intuyó que las noticias no serían buenas. Lejos de paralizarse, decidió prepararse, leer e informarse. "No sé si eso fue malo o bueno, solo fue lo que me nació hacer" o lo que simplemente resolvió en ese instante de incertidumbre.
La escalada económica de la salud
Debido a que su hija mayor residía en Salta, Sandra viajó a esa provincia para realizarse los estudios de alta complejidad. Allí se chocó de frente con una realidad económica escalofriante: cada examen médico básico demandaba montos desde los 400 mil pesos, llegando otros a superar los 800 mil pesos.
Para una familia trabajadora, costear esos valores requirió de un esfuerzo descomunal. Al recordar cómo lograron abonar cada práctica médica, Sandra habla abiertamente de milagros y destaca el rol de su esposo, su familia y la solidaridad de la comunidad mediante rifas. "Todo era necesario porque nunca era suficiente", relata sobre lo que apenas significaba el inicio del camino.
El diagnóstico: "Mis primeros pensamientos fueron para mis hijos"
Cuando los resultados estuvieron listos, el diagnóstico confirmó un cáncer de mama altamente agresivo que requería intervención inmediata. Al recibir la noticia, el impacto emocional fue devastador. La médica tratante fue sincera sobre la gravedad del cuadro y la extensión del tratamiento.
Tras una primera descarga de llanto, el pensamiento de Sandra se volcó por completo hacia sus tres hijos. Regresar a casa implicaba armarse de fortaleza para hablar con los más pequeños y transmitirles que la vida debía continuar.
En ese proceso, el rol de su esposo cumplió una función vital. Con 25 años de matrimonio compartidos, él se convirtió en su sostén principal: la impulsaba a salir de la cama en los días más oscuros y asumió el liderazgo del hogar. Para sus hijos el proceso resultó sumamente complejo; el menor de ellos llegó a manifestar el impacto emocional con episodios de fiebre de tres días, hasta que lograron procesar y madurar la situación junto a su madre.
La burocracia de la espera y el secundarismo
La etapa del tratamiento expuso las mayores fallas del sistema de salud asistencial. Sandra debió esperar seis meses para acceder a la cirugía de mastectomía total. Posteriormente, la llegada de la medicación de quimioterapia se demoró otros seis meses. Cada dosis del tratamiento alcanzaba un costo aproximado de 13 millones de pesos, requiriendo seis dosis solo para la primera etapa; una cifra astronómica e inaccesible para cualquier economía familiar sin la intervención directa del Ministerio de Salud.
Esta prolongada e involuntaria espera física trajo consecuencias médicas graves: el avance de la enfermedad hacia un cuadro de secundarismo, provocando una metástasis en la zona ósea de la cadera y el sacro. Para paliar los dolores intensos y complementar la medicina tradicional, Sandra recurrió a terapias alternativas y naturales como el reiki y el yoga.
Abrazar los cambios con optimismo, con un solo quiero vivir...
A pesar del desgaste, Sandra resalta la importancia del apoyo psicológico y el sostén de su entorno familiar intimo y extendido. Lejos de perder la sonrisa, elige dar batalla con una postura sumamente positiva frente a las secuelas estéticas y físicas:
"No importa que me falte un pecho, yo quiero vivir. No importa si el pantalón no me queda bien, lo que no quiero es sufrir más ese dolor intenso en mi pierna. No tener pelo fue una oportunidad para cambiar el look: me armé mis propios gorros y me puse pañuelos".
Su motor diario es simple pero profundo: "Quiero salir a un festival, quiero tomar mates con mi tía, quiero ir a la plaza con mis hijos. Quiero disfrutar la vida hoy... quiero curarme".
Su pueblo, nuestro pueblo...
Caminar hoy por las calles de Santa María genera una profunda emoción en Sandra. Vecinos y desconocidos la detienen para transmitirle apoyo: “Estoy rezando por usted y por su salud”. Ella lo agradece profundamente, remarcando que su intención no es generar lástima, sino concientización.
Aprender a convivir con la incertidumbre de qué pasará mañana es un ejercicio diario. Sandra se niega a dejarse arrastrar por la negatividad o por la angustiosa espera de los nuevos lotes de medicamentos oncológicos y los resultados de sus futuros análisis. Su refugio principal se encuentra en la fe, la oración y la revalorización de la cotidianidad familiar.
"Me refugié en vivir el día a día y quedarme con lo importante. Enseñar a mis hijos a agradecer un plato de comida en la mesa y valorar los momentos compartidos".
Ese amor recibido lo devuelve de la forma que mejor conoce: sosteniendo su vida de servicio y labor comunitaria con la iglesia.
Un llamado a la reflexión social
La historia de Sandra deja abierto un interrogante urgente para toda la comunidad: ¿cómo acompañamos desde la sociedad y el Estado a las maternidades que atraviesan enfermedades crónicas o de alta complejidad? Porque, tal como expresa Sandra con crudeza y verdad: "Cuando una mamá está mal, todo el entorno está mal".
Gracias, Sandra, por abrir las puertas de tu vida, por este llamado a la reflexión y por transformarte en un verdadero mensaje de esperanza en Santa María.
Noelia Ayala
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