Memorias de una madre zafrera
Yo me levantaba antes de que cantaran los gallos. No era por gusto de chinita, sino porque la necesidad no daba tregua. Un mate lavado, un pedazo de tortilla fría y ya estaba con la hija más chica a la espalda, envuelta en unos trapos.
Los changuitos se quedaban con la vecina, que también tenía su pieza llena de chicos. Y yo salía al surco, con la luna todavía colgada, a buscar el jornal que siempre parecía poco.
Cuando uno es pobre aprende a ganarse el pan antes que a leer y escribir. Muchas veces les daba de mamar con el cuerpo adolorido, con la leche aguada, porque para colmo los hijos seguían viniendo; a veces cada año, a veces cada dos.
Y lo que más dolía no era solo el cansancio, sino sentirme invisible. Yo cortaba, cargaba y sudaba igual que los hombres, pero ante el patrón el único que figuraba era mi marido. Nosotras en esa época no existíamos, como si nuestras manos no valieran, como si no hubiéramos hecho nada, como si la caña se cortara sola. Ellos cobraban, ellos aparecían en las listas. Yo, en cambio, volvía con las uñas rotas y el cuerpo molido a seguir cocinando y cuidando.
Los domingos eran los días más pesados. Al quedarme en la choza improvisada que hicimos con plástico, sin el machete en la mano, me daba cuenta de todo lo que había por hacer: ropa por lavar, colchas para solsear y ollas por restregar. Muchas veces mis hijos pasaban ciertas necesidades y yo me culpaba por no darles una vida mejor, pero esa era nuestra realidad.
Ser madre, en esos tiempos, era resistir. Era darles a los hijos el último pedazo de pan y quedarse con hambre. Tal vez hoy también haya mamás que pasen por lo mismo, sin la zafra.
En ese entonces yo sentía que no podía faltarles y, al mismo tiempo, que era invisible. Pero aunque nadie lo reconociera, sé muy bien que si mis hijos crecieron fue por mis manos partidas y mi espalda doblada ante la caña.