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# FLORES BLANCAS, FLORES AMARILLAS…

Perdón G.

Cada vez que el odio la inundaba, subiendo desde los pies hasta su cara y saliendo por su boca en forma de palabras como *¡CULIAOOOOOOOO!*, pensaba en la frase que inventó para salvarse: *Flores blancas, flores amarillas*. La repetía como un mantra.

Ella era un gato: desconfiada y de poco contacto. Pero desde que fue madre se convirtió en una leona. Cuando sentía cómo el padre era capaz de alejarse dejando a sus cachorros, el instinto maternal de recién parida quería destriparlo. Él se aprovechaba de eso y la trataba de loca. La locura tapa la razón; es más fácil culpabilizar. Él, la víctima; ella, la villana.

¿Cómo se hace para seguir? ¿Y cómo hacen ellos para dejar todo y querer actuar como si nada hubiese pasado? Borrón y cuenta nueva. Sobre todo los padres, que siempre toman el camino más fácil y disfrazan este abandono con la frase: «Los hombres somos así, ya deberían haberlo sabido». El camino más fácil siempre es huir.

Es cierto, todo pasó. Pero muchas veces quedan hijos construyendo su identidad.

Todo se desmorona, todo cae. Y los niños juegan a tener una casa donde entran para cocinar, cuyas estructuras siempre son el ténder y las paredes son almohadas de sillones. Necesitan un lugar seguro para estar, aunque todo se caiga.

Las madres, la mayoría de las veces, se quedan. Tal vez, si pudieran, también renunciarían; otras se van a ser felices. De muchas tetas sale leche que alimenta y de otras brota el rencor como sangre hirviendo. Las madres algarrobo: a veces secas o quemadas de un lado, y verdes con vainas del otro.

Algunas, con ayuda de la familia y de amigas y amigos, viven el duelo y se sienten bien nuevamente. Les toca entender —a costa de mucho trabajo interno— que no se le pueden pedir peras al olmo; que si se encontraron con un narcisista, tal vez deban acostumbrarse a esperar lo peor y sorprenderse cuando tenga un gesto de bondad. Otras madres, menos afortunadas a la hora de poder soltar a un hombre enfermo, envejecen con artritis reumatoidea. Se hicieron cargo de todo y sus huesos son testigos de esa entrega. Pero el juego termina en la cancha de la vida con otro resultado: la que se lo queda, pierde.

*Flores blancas, flores amarillas…* vuelve a repetir. Él no volvió a llamar, no se acordó de preguntar cómo están sus hijos, no le interesó si se cayeron y necesitaron un abrazo. Él pasó el dinero. El dinero tiene para él esta función tan extraordinaria de hacer todo lo que la presencia no hace, creyendo que eso es mejor que nada. Hay muchos que se fueron sin un gramo de remordimiento, con la impunidad de esa NADA.

*Flores blancas, flores amarillas…* Es el momento de festejar el cumpleaños de los hijos. Es un momento tenso y muy triste; no sé por qué nos obligamos a hacerlo. Hay cosas que se quiebran para siempre. La distancia de no querer tomarse fotos porque una foto puede ser la imagen de la familia que no es. Todo para proteger a la nueva amante.

*Flores blancas, flores amarillas…* Ella encuentra una carta. El patrón se repite: cada escena, cada reclamo. Y piensa en lo hija de puta que fue, porque antes estuvo ahí, del otro lado. Si no hubiera sido madre, tal vez nunca iba a ponerse en el lugar de aquella otra: la de una madre que mentía en el jardín sobre la ausencia de un padre.

*Flores blancas, flores amarillas* son las que se siembran en el pecho de todas las madres. Son su fuego interior; es el jardín el que siempre las protege. Y son las que les entregan a sus hijos para vivir una vida feliz, a pesar de todo, esas flores también tienen espinas…

*Flores blancas, flores amarillas… flores blancas, flores amarillas.*

Noelia Ayala

noeaya948@gmail.com

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