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  - "Cuento corto"
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# LA GUARDIANA

"Cuánta gente vemos como condenados a no tener nunca su casa en Argentina, teniendo barro y paja…"  
— Jorge Belanko

Buscando una casa, un lugar, un refugio, la familia de Sisa Díaz viajó desde la provincia de Entre Ríos a Salta. En Salta había sido concebida, pero cuando les hablaron a sus padres de mejores oportunidades laborales, partieron hacia Tierra del Fuego.

Allí nació ella. Decidida, menuda, de sonrisa fácil y pelos color del sol, en medio del frío y del hielo.

La vida en el sur era de un encierro involuntario. El clima no dejaba a los niños disfrutar del juego al aire libre, así que casi siempre estaban en una pequeña galería vidriada interna, donde el hielo se derretía sobre algunas baldosas. La madre había encontrado en varias oportunidades a Sisa chupando el piso con la lengua, con la boca llena de barro. Decidió, entonces, llevarla al médico. El doctor le dijo que su hija estaba bien de salud y, como adivinando la preocupación materna, le aseguró que no estaba loca: solo le faltaba contacto con la naturaleza. Entristecida, la madre volvió a casa; ella también extrañaba su tierra colorada y su calor.

La familia decidió seguir viaje. Su nuevo hogar sería en la provincia de Neuquén. El viento seco y frío se convirtió en el nuevo compañero de Sisa y sus tres hermanos.

Fue en esa época cuando empezó a tener sueños raros y recurrentes. Una enorme mujer de barro se le aparecía y le hablaba, pero ella no entendía. Las primeras veces tuvo miedo, pero luego pareció encontrar en esa visión una compañía y un mensaje. Su abuela solía decirle que una guardiana la había elegido para ser un puente; la memoria ancestral que vuelve en imágenes y sonidos. En ese entonces, ella le restó importancia.

Su vida transcurrió como continúan las vidas de las personas rebeldes, que luchan entre ser y pertenecer. Eligió ser. Ya como una joven recién recibida en cerámica, surgió en ella un deseo visceral: conocer el origen de lo que sus manos trabajaban. Para Sisa había algo más que comprar todo en un supermercado; no se sentía cómoda solo con lo aprendido en una escuela de oficios.

Emprendió entonces su viaje de descubrimiento, que comenzaría en el norte del país y culminaría en Perú. Tenía dos meses para hacerlo. Llegó a San Carlos, en la provincia de Salta —donde había sido concebida—, dispuesta a recorrer los talleres y a conocer de cerca la vida de cada artesana y artesano. Quería aprender, sentada en una pequeña silla de cuero, la experiencia profunda de trabajar la arcilla.

Pero allí entendió algo más grande: ellas y ellos no solo moldeaban el barro, sino que además habitaban casas de barro. Adobes y artesanos respiraban al unísono. Sus manos habían sido el mismo puente de creación. Ante este encuentro, el latido de su corazón se transformó en una caja coplera en pleno carnaval.

El barro la atrapó, y no volvió nunca de donde nunca fue. En la continuidad de su recorrido, al llegar a la provincia de Catamarca, se enamoró —en el sentido más extendido de la palabra amor— del Valle del Yokavil.

Allí comenzó a construir su refugio. Buscó un albañil de la zona, quien al principio no creía que una mujer pudiera levantar su propia casa y la ayudó con desconfianza. Hicieron barro con la tierra del lugar para moldear adobes pequeños de distintas medidas, y construyeron en cuadrados y en círculos. Con la paja traída de un pueblo cercano, techaron el lugar.

Sin embargo, una vez pensó en irse. Era una mujer sola en un lugar extraño y alejado. El amor le había jugado una mala pasada: había puesto su propio valor en manos de alguien más. Sentía vibraciones extrañas, sensaciones de abandono; tal vez era la niña salvaje que muchas veces se pierde en la manada. Las manos, que habían sido su instrumento inagotable, le dolían y no podía trabajar. Eso la debilitaba. Le estaba faltando el fuego interno, como a una vasija cruda.

Tomó su mochila como lo había hecho tantas veces y salió de viaje. Perú la esperaba. Habían pasado veinte años desde que se lo había propuesto por primera vez; tal vez no había estado lista en ese entonces.

Ese viaje le permitió encontrarse con aquella Sisa pequeñita, alegre y creativa. Volvió a soñar, y regresó a sus noches la mujer de barro. Al verla de cerca, notó que en su vientre se observaban guardas indígenas. Lo primero que hizo al despertar fue entrar al taller de la casa donde estaba alojada y recrearla en arcilla.

La artesana peruana que la había recibido entró y la encontró ensimismada. Sisa le contó su sueño, y la mujer le confesó que a ella le pasaba lo mismo seguido: en muchas ocasiones también pintaba lo que soñaba.

Después de muchos meses fuera, recorriendo Perú, llegó la hora de regresar al valle.

Lo primero que hizo al volver fue correr al río cercano a su casa, donde tantas veces meditaba. Abrió sus brazos y gritó:  
—¡Valleeeeeeeeeeee, he vueltoooooo! ¿Es este mi lugar en el mundo? ¿Aún me quieres viviendo aquí?

Los pájaros bailaban, el cielo azul era inmenso y el agua corría mansa. Buscó una piedra madre, de esas gigantes que abrazan, se recostó, cerró los ojos y se durmió.

En ese viaje espiritual se le apareció nuevamente la mujer de barro, que por fin habló claro y le dijo: "Este es tu lugar. Tú serás un puente entre la arcilla y los pueblos, tu útero será la casa de la creación. Con tu fuerza revelarás que hacer una casa de barro es posible y albergarás almas perdidas. Serás una viajera, pero siempre volverás". Ella despertó y lloró. Había regresado a su refugio.

Era hora de parar y crear. Mojó la arcilla que tenía reservada e, inspirada en la Guardiana, representó a los elementos. A la guardiana del aire la bautizó como "La Viento"; a "Nina, la fuega", como guardiana del fuego y del poder interior; a "Yakumama", como guardiana de las aguas; y a la "Curandera", como guardiana de la tierra y de los saberes ancestrales.

Debía prender su horno y quemar. Juntó leña y guano, seleccionando los árboles necesarios para encender el fuego de horneado: debajo del algarrobo, donde el sol no seca tanto, buscó podas de arcas, un poco de sauce y álamo para el fuego lento. Usó ruda y romero para sahumar. Hizo el fuego y saludó al viento. Alrededor, solo había tierra y agua.

Estaba atardeciendo. Se sentó en el jardín, abierta como una flor en verano, y preparó un brebaje que incluía chicha fermentada. Esa noche sería de luna llena. La luna también había sido su maestra; le había enseñado que la paciencia es parte del buen vivir.

Una imagen gigante y oscura, como una gran madre, le hacía sombra. No tuvo miedo. Sintió, por fin, su corazón tranquilo.

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Miro a mi hijo y sus ojos me observan. Acabamos de leer juntos este relato y estoy emocionada.  
—¿Por qué tienes los ojos brillantes, mamá? ¿Es porque se te murió la gallina que era tu amiga? —me pregunta.  
—No, hijo. Es porque quiero que tengamos nuestra casa —le respondo.

Los dos vivimos en una casa prestada. Él me abraza y me dice:  
—Maaaamaaaaa, yo te ayudo. Hagamos con nuestras manos nuestra casa de barro, y tengamos una guardiana.

Noelia Ayala

noeaya948@gmail.com

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