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title: "El DESARRAIGO Y LA AMISTAD"
article_type: "Article"
description: "Hay una letra de una canción que se llama “Hoy encontré un amigo”. El autor se llama Daniel Altamirano,  y sabía muy bien de que hablaba. Hablaba de amistad y desarraigo,  él era un mendocino parte del trio Los Altamirano. Eran los años 70 y esos temas sociales  estaban  muy latentes."
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date_published: "2026-07-24T09:58:00-03:00"
date_modified: "2026-07-24T13:19:43-03:00"
tags:
  - "Amistad"
  - "Desarraigo"
author_name: "Noelia Ayala"
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category_name: "Columna Literaria"
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# El DESARRAIGO Y LA AMISTAD

En Catamarca, en el año 2010, este tema fue adoptado como un himno por Los Hilos del Viento, un grupo originario de la comunidad indígena de Laguna Blanca, en plena puna belicha. Al interpretar la canción —tal vez sin un fin comercial, sino como quien canta una experiencia, la de haber estado lejos de casa— y al son de la cadencia de sus guitarras, el sentido de la letra tomó una dimensión de profunda nostalgia.

Esto resuena para todos los pueblos rurales, sobre todo como Belén y Santa María. Para nuestros pueblos del cerro, el estar «tan lejos del pueblo», como dice la canción, es en un sentido literal. Representa a muchos jóvenes —y no tan jóvenes— que deben dejar sus puestos, sus ranchos, sus casas y sus modos de vivir en la puna o el campo para irse a estudiar o trabajar en las ciudades. Y es enorme el vacío que se siente.

Es la soledad en medio de edificios altos, juntos y pegados; el olor de la calle que es tan distinto: olor a neumáticos, a aceite quemado, a café tostado. Uno viene de un lugar donde solo hay montaña, donde no corrés rápido para alcanzar el colectivo, sino porque se te escaparon las cabras; donde estás sentado en una montaña contemplando la inmensidad y la Pachamama; donde es más conocido el olor del fuego y el brasero, o el aroma de los yuyos del campo.

El cambio es brutal. En medio de esa crisis vital, encontrarte a «un amigo lejos del pueblo que has nacido… juntos llenamos tantas horas, charlando cualquier cosa, riendo del amor», es un milagro de amor social. La «buena amistad» resulta salvadora. Un amigo te da pertenencia y te hace parte del lugar.

Cuando Salvatore regresa a su pueblo —Salvatore, el protagonista del clásico del cine *Cinema Paradiso*, después de haber huido de él y prometido no regresar nunca más—, recuerda lo que Alfredo, quien había sido como un padre, le dijo: «No vuelvas, no pienses en nosotros, no te dejes encantar por la nostalgia». El desarraigo le dio una carrera prestigiosa, pero lo desconectó de sus raíces y lo convirtió en un hombre solitario. Cuando regresó, todo lo que había amado de niño ya no estaba o se había transformado. Su madre, sabiéndolo nostálgico, le dice que su vida ya estaba lejos de ahí, que allí solo quedaban fantasmas. El regreso de Salvatore nos muestra que el desarraigo nunca es definitivo: el pasado siempre reclama su lugar. Y es que la amistad es una virtud que, como decían los griegos, hay que cultivar. Los amigos nos salvan, nos abrazan, nos acompañan con un mate o con un vino, según sea la gravedad de la pena.

La historia de nuestros pueblos está signada por el partir. Lamentablemente, no están dadas las condiciones para quedarnos en nuestros lugares, y eso debe ponerse en la agenda política. ¿Por qué los sueños siempre se tienen que cumplir lejos de casa?

Un joven me contaba muy apesumbrado que tenía que irse; no encontraba trabajo y le había surgido una oportunidad en Salta. Me lo dijo con tristeza, sintiéndose alguien sin suerte. Tenía esperanzas en el trabajo minero, pero el trabajo minero no lo tenía a él en el mapa, como a tantos otros jóvenes. Y encima, se opera con esa lógica de responsabilizarlos por no estar preparados: «¡Te tenés que ir, pero es tu culpa!».

El desarraigo es emocional y psicológico porque implica una ruptura de los vínculos afectivos, sociales o culturales con tu entorno y tus raíces. Se sufre una crisis de identidad, nostalgia, tristeza y desconcierto, porque dejás de ser parte de un lugar. Miguel Ángel Pérez, el poeta santamariano, en su poema *Cartas a mi casa* dice: «No he olvidado nada, desde el rincón aquel de penitencia, hasta esta misma tarde, con las maletas a cuestas, cargada de mi vida, cierro la puerta y salgo. No he olvidado nada… Tanto partir para saberme solo, para morderme hombre…».

Escribir esta columna fue muy movilizante. Yo soy también una más que es «pasajera de la pertenencia» y, al día de hoy, solo mi hijo es raíz. Toda mi vida fue irse de un lugar. Pero ¿acaso algo nos pertenece? El lugar donde nacimos nos da patria, nos da hogar. De alguna manera, todos, como el pequeño Totó de *Cinema Paradiso*, debemos sanar nuestro desarraigo: el de nuestra primera casa, el de nuestros recuerdos de la infancia. Gracias a los amigos, uno puede sentir un poco de alivio.

Mi primera amiga de la infancia también se tuvo que ir lejos a los 18 años. Era la más inteligente del curso y siempre me defendía, aunque era más pequeña de tamaño que yo. Cuando le pregunté si volvería por el pago, me dijo que no; su vida ya estaba allá, en Buenos Aires. El pueblo se perdió a la mejor doctora del mundo, porque si se quedaba, su «suerte» sería llegar con dientes a los cuarenta años.

Si alguien vio la película *Cuenta conmigo* (1986), recordará el final, que también será el final de esta columna. Gordie, uno de los protagonistas, recordó y relató, tras la pérdida de un amigo, aquel verano que pasaron juntos cuando eran adolescentes. Convertido ya en escritor, finalizó: «Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años. Dios, ¿acaso alguien los tiene?».

Noelia Ayala

@escritoradelvalle

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